Cuando los perros ya no ladran

El autor vive hace años en la costa santafesina y ve cómo fue mutando la fisonomía humana del lugar, y hasta el comportamiento de los perros, antes centinelas del territorio y hoy domesticados como mascotas.

Opinión 11 de marzo de 2023 Por Antonio M. Yapur*
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Imagen de la costa santafesina - Foto gentileza

YAPUR

Por Antonio Miguel Yapur*

CITA

Hace más de una década que vengo observando la conducta de los perros en mi zona. Vivo en un corredor costero que está rodeado de lagunas y ríos. 

Ese albardón es un gran valle de inundación, cuando llega la crecida las aguas avanzan sobre el territorio y es época quizás de evacuar nuestras viviendas para darle paso. 

En los años 90 del siglo pasado, nuestra zona estaba habitada por pocas, muy pocas personas, y muchas se dedicaban a la pesca que tenía como ritual ofrendar su ranchada costera ante el avance de las aguas.

Tenían ese acuerdo reservado, quienes pescaban obtenían lo que el coloso les ofrecía y a cambio dejaban que él ocupase los ranchos cuando sus mansas aguas llegaban. 

Ese acuerdo era profano, el río les avisaba bastante tiempo antes para que pudiesen mudar sus pocos animales y pertenencias a las lomadas. Ahí, hacían una nueva ranchada que era pasajera.

No era difícil detectar hasta qué altura llegarían las aguas, porque en las varas de los alisos se veía dónde los caracoles depositaban sus huevos y esa iba a ser la altura, no le erraban.

Nuestra costa está cruzada por una ruta que muchas veces se vio interrumpida por el imponente río. 

Éramos pocas las personas que habitábamos la zona, muy pocas. Solían preguntarnos por qué no nos íbamos de ahí, si “siempre” nos inundábamos, por qué no vivíamos en la ciudad, allí no tendríamos ¡“el peligro del agua”! 

No nos interesaba responder a esa pregunta pues sabíamos que no entenderían nuestras razones y mucho menos a nuestros corazones. Una vez, una vecina me dijo “sabés lo que pasa, es que cuando vivís en la costa creás raíces, muchas raíces, tantas que te es difícil dejarla..., abandonarla”.

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Éramos tan pocos habitantes que cuando debíamos recibir una carta o algunas facturas o una encomienda indicábamos nuestro domicilio como Fulano de Tal Kilómetro tanto, Ruta Provincial ..., tantos metros al Este (si era del lado del río) o al Oeste (hacia la laguna), frente o al lado a la casa de la Familia Mengano (que era la más conocida).

En esas épocas la zona estaba poblada con animales, culebras y yararás, carpinchos, yacarés. Las vacas pastaban en las calles o en los terrenos desocupados, los caballos hacían lo mismo pero atados, para que no se fuesen.

Algunas, las casas solían tener loros barranqueros “habladores”. Era famoso el loro de una vecina que al golpear las manos en su tranquera, se oía desde adentro una voz que decía “¡Ya va...  Ya va!”

El loro era el que contestaba.

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Los perros en sus andares marcaban el territorio a su antojo. La tenían clara y los más caseros, si estaban en la calle, cuidaban de la casa y cuando alguien pasaba lo toreaban desde el principio del terreno hasta el final, luego callaban para que otros perros repitieran el ritual en sus propios territorios a medida que pasábamos. 

Era como una sincronía natural, casi innata, así los perros cumplían con la misión de cuidar y defender sus territorios y a sus dueños. Tal es así que cuando caminábamos y nos salían al cruce, con sólo tener en la mano una varita de sauce u otra especie, los deteníamos. La varita les indicaba que podían ladrar todo lo que quisiesen, pero que no debían tarrasconear (mordisquear).

Estaba todo sobrentendido entre humanos y perros, “no te voy a invadir el territorio, pero vos no te arrimés, dejame caminar”.

Cuando llegaron las motos, algunos besaron el suelo por evitar a los perros toreadores. Los motociclistas tenían por lo menos dos grandes enemigos, los perros que les ladraban y las calles de arena suelta que los hacían derrapar. 

Hoy parecería que solo les queda un único enemigo de cuidado, las calles de arena.

¿Y los perros?

Los perros ya no ladran, los nuevos habitantes de la zona no les dan temor, no es necesario disputar el territorio. 

La zona desde hace más de veinte años que viene siendo poblada. Nuevos habitantes fueron instalándose, la mayoría son gente y también algunos humanos.

La gente que ha venido a poblar aquí... ¡qué se podría decir de ellos!, son gente homogénea, me hacen acordar a ese pasaje de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, que en un diálogo expresa:

—Veintenas —repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo
generosas dádivas—. Veintenas.

Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué
consistía la ventaja.

—¡Pero, hijo mío! —exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia
él—. ¿De veras no lo comprende? ¿No puede comprenderlo? —Levantó una
mano, con expresión solemne—. El Método Bokanovsky es uno de los mayores
instrumentos de la estabilidad social.

«Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social».
Hombres y mujeres estandarizados, en grupos uniformes. Todo el personal
de una fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado.
—¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas
idénticas! —La voz del director casi temblaba de entusiasmo—. Sabemos muy
bien adónde vamos. Por primera vez en la historia. —Citó la divisa planetaria—:
«Comunidad, Identidad, Estabilidad». —Grandes palabras—. Si pudiéramos
bokanovskificar indefinidamente, el problema estaría resuelto. 

Las gentes que vinieron a poblar nuestra zona, - diría yo-  cumplen premonitoriamente la distopía de la novela de Huxley. 

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Estas gentes ya no crían perros, solo mascotas, y las gentifican para armonizarlas con ese mundo feliz. Compran razas que no tengan conflictos con sus hegemonías y mejor sino ladran.

El mundo perfecto, el mundo que no se desea cambiar. El mundo muerto.

Entonces, de a poco, los perros dejaron de ladrar, se dieron cuenta que eran pocos los humanos, el resto ya estaba domesticado, ya no necesitaban de sus ladridos, no representaban peligros para ellos, ni siquiera para sus territorios.

Los perros de la zona no tienen a quién cuidar ni a quién ladrar. 

Los humanos a los que cuidaban o ladraban ya no son peligrosos, ingresaron a ese mundo perfecto, solo perfecto.

*Ing. Antonio Miguel Yapur, periodista y escritor - Editor del Diario Digital HoraCero

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Notas:  La expresión "Ladran Sancho, señal que cabalgamos" popularmente atribuida a Cervantes, lo cierto es que en ninguna de sus partes o versiones de El Quijote se hace alguna referencia o mención a la frase. "Un mundo feliz" (en inglés, Brave New World) es la novela más famosa del escritor británico Aldous Huxley, publicada por primera vez en 1932.

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