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De Palomas y Halcones

El autor de esta columna de opinión nos propone una historia que por momentos tiene ribetes de tragedia o para no comprometer tanto las emociones, podría ser quizás tragicómica. No obstante, somos quienes leamos los y las responsables de emitir una sentencia en tal sentido.

Opinión 14 de septiembre de 2019 Antonio Miguel Yapur*
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Halcón cazando una paloma

turcoPor Antonio Miguel Yapur*

Al fin y al cabo,
somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.
La identidad no es una pieza de museo,
quietecita en la vitrina,
sino la siempre asombrosa síntesis
de las contradicciones nuestras de cada día.
Eduardo Galeano - El libro de los abrazos

Se incendia la Amazonía. Los sacrificados campesinos labriegos de inversiones financieras necesitan más áreas de siembra para agrandar sus cultivos.

También el norte de Argentina es testigo fiel del “colono sacrificado”. El sur igualmente conoce de sus bosques incendiados y de sus lagos privatizados. Aquí los labriegos del fuego son eficaces inversores ingleses y de otros lares. Tienen la delicadeza de invitar a presidentes, legisladores y jueces a contemplar la belleza del calor incinerante.

Los incendios son hábitos de los dueños del campo, los llevan a cabo desde hace mucho, sólo cuidan que el humo no los atosigue, el resto no importa.

En tanto los honrados inversores y comunicadores de la ciudad se ocupan de atribuirlo al natural calentamiento global. Sus albaceas son expertos en suavizar el crimen, o en esconderlo y cuando no pueden, lo intelectualizan con un énfasis acorde a la profundidad de los bolsillos del mercader mediático.

Así es como también aporta el cotidiano humano ambulante haciendo oídos sordos o disimulando el miedo metiéndose en su propia isla y tratando de creer que a él esto no lo va a alcanzar.

Esto viene a cuento de una historia que por momentos tiene ribetes de tragedia o para no comprometer tanto las emociones, podría ser quizás tragicómica. No obstante, ustedes son los que finalmente sentencian.

Había una vez...

Esto sucede en un barrio de la ciudad donde a los vecinos les importunaban las cacas de las palomas que pululaban por doquier.

A estos humanos les molestaban las palomas que se alojaban en sus plazas, patios, campanarios, árboles, escuelas y otros parajes cercanos a sus viviendas. Tan naturalmente como a veces dicen “negros de mierda”, a ellas las maldecían como “palomas de mierda” y repetían eso como un mantra día tras día.

No lograban advertir que esas “palomas de mierda” fueron desalojadas de sus hábitat por los inmolados campesinos que juegan al desmonte canjeando la vida de los árboles, de la fauna silvestre por el pálido oscuro verde del dólar.

Fue así que los humanos de ese barrio se sintieron invadidos, agredidos por esas cacas en sus veredas, en sus autos, en sus patios, para ellos esas “palomas de mierda ” ya no volaban llevando en sus picos la rama de olivo, ya no eran símbolo de paz, eran violentas y enemigas.

¡Por qué no se van a cagar al monte! solían vociferar.

Sin preguntarse siquiera: ¿dónde estaba el monte?

Así fue que algún influyente vecino convenció a un lúcido intendente para hacer una siembra de halcones y gavilanes como una manera ecológica de espantar y erradicar a las palomas, la mayoría del barrio en masa aceptaron con algarabía y se oyeron expresiones de alivio:

¡Huy! Ahora sí que esas palomas se irán.

Inmediatamente el aún lúcido intendente firmó la decisión.

¡Sembró halcones y gavilanes en el barrio! y luego recostado en su escritorio municipal, se sirvió un whisky para cimentar tal coraje.

Sobrevino un tiempo de paz, por supuesto, era la paz de los halcones, muy similar a la que pregonan esos otros halcones del hemisferio norte.

La paz del exterminio, en este caso puntual, de las palomas por ahora.

En ese tiempo de armisticio o de combate invisible -pues las víctimas morían silenciosas o más bien sórdidamente- los humanos deambulaban satisfechos por las calles del barrio mirando las veredas sin cacas y sus autos ya no tenían las marcas de los agresivos proyectiles de las palomas.

Aún así, no eran dichosos pues para ellos ni la alegría, ni la felicidad eran estados posibles, sus vidas eran insaciables.

En ese etéreo estado de concordia, los halcones y gavilanes se reprodujeron silenciosamente, cómodamente y así luego fueron muchos.

Cuando les faltó las palomas y el alimento les comenzó a escasear, iniciaron el ritual de alimentarse de las mascotas del barrio.

Sus perros, sus gatos debutaron como víctimas. No obstante, por ahora sus hijos no eran apetecibles por esos nuevos enemigos.

En esos días, las mascotas no tenían lugar seguro. En el barrio comenzó un nuevo estado de alerta. El asiduo ritual de soltar a pastorear a los animales y de honrar con sus cacas a las veredas de los vecinos ya no se podía hacer más.

Ahora paseaban a sus mascotas acompañadas por los humanos para evitar que los avezados bichos voladores las atacasen.

La paz estaba rota, los viejos enemigos había desaparecido de escena pero los nuevos se presentaban como verdaderamente agresivos. El peligro les regresó el miedo y la intranquilidad.

Y fue así que hablaron con el actual alcalde de la ciudad para solicitarle el exterminio de los nuevos agresores: los halcones y gavilanes.

Mientras el letrado alcalde les prometió estudiar el caso, los humanos del barrio seguían teniendo dificultades para lograr hacer una síntesis de su realidad. Solo pedían exterminio y represión.

Por supuesto que los dueños de la tierra y del desmonte siguieron incendiando, es la nueva estrategia de desaparición que aplican, pues la anomia ciudadana aún está garantizada.

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*Ingeniero - Ex Docente Universitario - Escritor

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