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INSEGURIDAD: Nos están robando la Libertad

El tema que el autor de esta columna de opinión pone en debate, a raíz de las últimas manifestaciones ocurridas en Santa Fe, es la seguridad. Pero no como una situación individual, sino como un problema social, analizando que no deberíamos buscar las soluciones fuera de nosotros.

Opinión 18 de marzo de 2020 Antonio Miguel Yapur*
PERRO Y POLICÍA
El reclamo de mayor seguridad no siempre analiza el origen de los hechos

Por Antonio Miguel Yapur*

Hace unos pocos días, antes que este envilecido microbio atacase a nuestros miedos, pánicos y terrores, podíamos leer en fotos de periódicos esta consigna conque titulo este escrito. Es una copia textual de uno de los carteles con que los vecinos se manifestaron en Santa Fe reclamando seguridad.

Inseguridad, Seguridad, Libertad

Con un miedo tras otro y sin tregua el ciudadano es amedrentado. El capitalismo neoliberal demuestra ser eficiente en producir tu miedo de cada día, tus pánicos, desilusiones y tus futuros distópicos. Es su negocio apropiarse de esa cotidianidad lo más rápido posible. Así las vidas quedan entre miedos, odios y el frágil vértigo diario.

A pesar de ello quizás aún sea conveniente reflexionar entre todos acerca de estos significados más allá del legítimo consignismo porque podríamos por ejemplo titular en un cartel “Seguridad, nos están robando la libertad” o “Libertad, nos están robando la seguridad” y muchos de nosotros diríamos que se trata de un único sentido.

Por ejemplo el legendario diario de nuestra ciudad tituló a uno de sus artículos “Cacerolas, atronadora respuesta al pedido de control social” observen como ahí con un mero título el diario le da un contenido propio y conveniente para algunos intereses. Impone ante el reclamo social la idea de un control de la sociedad sin precisar su contenido.

Hace ya por lo menos veinte años que venimos reclamando seguridad. Si hacemos memoria, el inicio de estos reclamos masivos fue en pleno auge de las privatizaciones de empresas estatales, de la convertibilidad del peso argentino que nos hizo creer y a muchos ilusionar con un paraíso rumbo al modo de vida norteamericano, fue también el tiempo en que se ejecutó impávidamente lo de “ferrocarril que para, ferrocarril que cierra”.

Si hacemos memoria, el inicio de estos reclamos masivos fue en pleno auge de las privatizaciones de empresas estatales

Quizás sea bueno ejercitar la memoria con tu familia. Tus niños y jóvenes necesitan de esas historias para construir mejor su futuro, es bueno contarles el tiempo en que sus padres o abuelos pasaron de ser ferroviarios, viales, metalúrgicos a kiosqueros, taxistas, cartoneros o remiseros. De ser seres humanos con derechos y obligaciones a meros “buscadores de vida”, a desesperados trabajadores desocupados.

Así se fue hostigando al tejido social, fue la época en que la democracia reanudó el proceso de concentración económica neoliberal que impuso Martínez de Hoz a costa de muertes y desapariciones. Millones de trabajadores argentinos quedaron desprotegidos y liberados a sus propios avatares. Miles de campesinos fueron despojados de sus tierras. Fue también el tiempo en que nuestros bosques nativos se transformaron en desiertos verdes.

Ese fue un momento de profundización de la destrucción social, económica y ambiental donde el individualismo fue el engendro promovido para la fractura y el aislamiento y tuvieron un éxito relativo, pues reemplazaron bastante eficientemente al paradigma de contención, bienestar y solidaridad. Esta etapa de la democracia apuntaló lo que la dictadura cívico militar no había logrado terminar.

En esa época se iniciaron los reclamos masivos y reactivos por mayor seguridad y fueron hábilmente encapsulados a hechos exclusivamente policiales. Ahí se gestó esa relación perversa entre seguridad y fuerzas del orden.

Un ejemplo valga de muestra, en la Costa Santafesina (que es el corredor de distritos y pueblos a la vera de la Ruta Provincial Nº 1, a orillas de los ríos Ubajay, Leyes y Colastiné), en esos tiempos fue tal la movilización social que se produjo, que se creyó que con lograr poner una comisaría más, una patrulla rutera, una patrulla montada y reforzar con más policías a las comisarías existentes, solo con ello, se iba a lograr el limbo de una vida segura.

Eso solo hizo que algunos habitantes individualmente contratasen servicios de alarma y seguridad privada, colocasen en algunas calles garitas para guardianes estatales y privados y otros, los más “progresistas” instalasen alarmas comunitarias.

En esas movilizaciones las causas reales de la inseguridad nunca emergieron y mucho menos se discutieron a pesar que una gran parte de los asistentes eran desocupados de las expulsiones neo-liberales.

En esas movilizaciones las causas reales de la inseguridad nunca emergieron y mucho menos se discutieron

Las reivindicaciones de seguridad quedaron aisladas casi totalmente de las difíciles situaciones sociales y económicas que estaban padeciendo grandes sectores a causa de la filosofía y economía neoliberal.

A lo mejor algunos de ustedes podrán decir que antes también se robaba, se asaltaba, se mataba. Y sí, tienen razón, es así. Con el mismo criterio podría yo decirles y recordar que una vez leí que en la edad media, en el siglo XIII, existían ladrones, asesinos e inquisidores.

El tema que pongo en debate es la seguridad como un problema social y no como una situación individual, sus causas la provocan las políticas neoliberales aplicadas en nuestro país. No deberíamos hacernos los distraídos y justificar con cualquier argumento o poner las soluciones fuera de nosotros.

Hace más de veinte años que está en debate “la idea de que la seguridad -entendida, de modo muy restrictivo, como la prevención de los ataques a la integridad física de las personas – estaría garantizada por un dominio cada vez mayor del poder represivo sobre nuestras existencias”(1).

Muchos creen en que la seguridad consiste en más penalizaciones sobre las clases populares. Esta imposición hace que los propios sectores populares encabecen las protestas para pedir más represión sobre sujetos de su misma franja social.

Muchos creen en que la seguridad consiste en más penalizaciones sobre las clases populares

Los sectores populares son los más penalizados por el aparato represivo del Estado capitalista y neoliberal, las cárceles tienen un enorme porcentaje de pobres encerrados. Los encarcelados en su gran mayoría no ejercían ninguna actividad profesional en el momento en que fueron recluídos.

Por otra parte las autoridades represivas y judiciales se desentienden de diversas maneras para eludir la penalización de la gran actividad criminal económica y financiera. Los ricos no están en la cárcel a pesar de delinquir e imponer condiciones de violencia económica, física y simbólica al resto de la sociedad de la que son parte.

Para el sistema capitalista su aparato represivo, mediático y judicial actúa y da prioridad al tratamiento rápido de la delincuencia más visible, la que sucede cotidianamente en la vía pública. Estos actores del sistema se ocupan de sostener y dedicarle recursos a esta prioridad y a su vez alentar el sistema de seguridad privada, al cual aportan y le producen pingues regalías en menoscabo del aparato estatal.

Y si seguimos haciendo memoria de esa historia reciente, no deberíamos dejar de preguntarnos cómo algunos modestos almaceneros de nuestra ciudad en tan poco tiempo se transformaron en empresarios supermercadistas o cómo algunos panaderos fundaron cadenas del ramo o cómo algunas pocas inmobiliarias construyen innumerables edificios lujosos en la zona céntrica y portuaria de la ciudad. ¿Quiénes aportan ese dinero en medio de una crisis económica profunda?

Mientras vivimos en una sociedad endeudada, desocupada, pauperizada, con hambre, resulta que unos pocos ciudadanos santafesinos invierten cuantiosas cantidades de dinero. Parecería que unos pocos se enriquecen en el marco de una sociedad donde su inmensa mayoría no puede sostener económicamente a sus familias.

Mientras vivimos en una sociedad endeudada, pauperizada, resulta que unos pocos invierten cuantiosas cantidades de dinero

Esa franja muy pequeña de la población ha privatizado su seguridad en edificios inteligentes o en barrios privados y exclusivos mientras tanto los sectores populares están expuestos a la violencia policial y a la impunidad de la violencia privada.

En los grandes supermercados, los alimentos no están al alcance de los bolsillos populares, los intrigantes propietarios de estos negocios no son proveedores de alimentos sino cuidadores de inversiones financieras, para ellos el precio de un kilogramo de fruta es calculado en función de la rentabilidad financiera que debe tener y no del costo real de producción y comercialización.

Unas pocas inmobiliarias y empresas de construcción, no levantan edificios para ser habitados por trabajadores sino que construyen inversiones con capitales y fondos dudosos.

Y así podríamos nombrar a empresas de otros rubros como algunos productores agropecuarios que no cultivan bienes tangibles o alimentos sino que cosechan inversiones financieras con las que seguramente luego las acreditan a capitales inexplicables.

Inmobiliarias y empresas de construcción, no levantan edificios para ser habitados por trabajadores sino que construyen inversiones con capitales y fondos dudosos

¿Todo esto, no es un signo de violencia?, ¿No es también un pilar determinante de la inseguridad?

Todo este marco de situación sucede en medio de una laxitud impune avalada por los centros del poder en complicidad con algunos gobernantes, empresas mediáticas, jueces y miembros del aparato represivo privado y estatal.

Entretanto muchos sectores populares siguen creyendo que el principal factor de inseguridad es la violencia tangible, cotidiana, individual que provoca el poder neoliberal hacia ellos.

Debemos ser capaces de entender y accionar organizadamente ante los verdaderos violentos, ante ese pequeño sector del poder que usa el aparato del Estado para auspiciar la violencia diaria hacia nosotros y que a su vez esconden y protegen sus riquezas, aquellas que nos roban cotidianamente. 

De otra forma, la inseguridad será cada día mayor, pues los violentos permanecen impunes y protegidos por sus pretorianos.

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*Ingeniero - Ex Docente Universitario - Escritor / columnista de HoraCero

(1) La ilegalidad de los poderosos, Vicent Sizaire, Le Monde Diplomatique. Ed. 248

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