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La ciencia, la peste y la política

El autor de esta columna de opinión nos dice que la relación entre conocimiento y poder ha hecho un largo recorrido, pero en la misma historia antigua también se crearon algunos mitos que nos advierten sobre los riesgos que conlleva habilitar a la raza humana el camino del saber y el consecuente poder.

Opinión 29 de marzo de 2020 Por Daniel Luis Vaschetto*
El mito de Prometeo
El Mito de Prometeo, pintura de Piero di Cosimo

Por Daniel Luis Vaschetto*

“Cuando el poder supremo en el hombre coincide con la más grande sabiduría y templanza, surgen las mejores leyes y la mejor constitución, pero no de otro modo.” (Platón. Las Leyes.712ª). 

Conocimiento y poder

Dentro de la tradición política occidental las ideas de Platón han tenido –y aún tienen- una influencia profunda e innegable. Uno de sus aportes es la convicción de que la materia de la actividad política era no sólo comprensible para la razón humana, sino también modificable, perfectible. El  filósofo era quien tomando como modelo las formas eternas e imperecederas proyectaba en la vida de la polis, un orden más perfecto y justo.

Esta idea acerca de la relación entre conocimiento y poder ha hecho un largo recorrido, pero en la misma historia antigua también se crearon algunos mitos que nos advierten sobre los riesgos que conlleva habilitar a la raza humana el camino del saber y el consecuente poder. Nos referimos al mito de Prometeo, el titán “fil-antrophos” (amigo de los hombres) quien al robar el fuego permitió a la especie humana emerger de la bestialidad, inaugurando la historia, el progreso técnico, la cultura y la política. También es conocido el castigo impuesto por Zeus al ladrón, que anticipa sin duda los rayos que los poderosos del mundo lanzan sobre quienes se atreven a develar sus imposturas y mentiras. 

Pero si la especie humana tiene, aproximadamente, dos millones de años sobre la Tierra, en la mayor parte de ese devenir, primó una aguda conciencia de su vulnerabilidad frente a los poderes de la madre Naturaleza. Los marinos saben muy bien de qué hablamos, basta observar la furia desatada de una tormenta en alta mar para que se apodere de nosotros el temor, el pánico, ante la evidencia de nuestra pequeñez e impotencia. Sin embargo, a partir de la revolución epistemológica y cultural moderna, con el “affaire” Galileo y el racionalismo de Descartes, la nueva filosofía esquivó todo lo que pudiera amenguar el optimismo y la arrogancia de la empoderada burguesía.

Ciencia, filosofía y vulnerabilidad

El filósofo escocés Alasdair Mac Intyre en su obra Animales racionales y dependientes afirma que: 

“Los seres humanos son vulnerables a una gran cantidad de aflicciones diversas y la mayoría padece alguna enfermedad grave en uno u otro momento de su vida. La forma como cada uno se enfrenta a ello depende sólo en una pequeña parte de sí mismo. Lo  más frecuente es que todo individuo dependa de los demás para su supervivencia…”

Es decir que no podemos abordar un análisis de la condición humana sin tener en cuenta este hecho universal, de nuestra fragilidad y de la necesidad de la solidaridad para vivir,  pero el mismo autor nos advierte más adelante que “Sin embargo, la historia de la filosofía moral en Occidente parece decir lo contrario. Desde Platón hasta Moore y en adelante, tan sólo suele haber, con raras excepciones, referencias de paso a la vulnerabilidad y aflicción humanas y a la relación entre éstas y la dependencia entre las personas.”

Adam Smith o sobre los benéficos efectos de ser ilusos

En su obra La teoría de los sentimientos morales el filósofo escocés Adam Smith nos da un buen ejemplo del enfoque que predominaba en la burguesía de su tiempo. Al referirse a la valoración de los placeres y la riqueza como algo deseable, a continuación sostiene que: “durante la languidez de la enfermedad y la fatiga de la senectud” en ese momento tomamos conciencia que aunque acumulemos bienes, o riquezas, seguimos “tan expuestos como siempre, y en ocasiones aún más que antes, a la ansiedad, al miedo y la pesadumbre, a las enfermedades, al peligro y a la muerte”. 

La actitud del padre del Liberalismo económico ante este hecho incontrovertible es pasar de largo, es decir, aconseja no profundizar en esa dirección so pena de caer en una “filosofía pesimista”, y reconoce que quienes gozan de los favores de la diosa fortuna –hoy diríamos los jóvenes sanos, blancos, varones y ricos- son más proclives a una imaginación generadora de “ilusiones tentadoras” sobre los placeres de la riqueza y el poder, pero en definitiva, aunque obviamente no lo aprueba, son beneficiosas desde el punto de vista económico puesto que “esta ilusión estimula y mantiene en movimiento continuo la laboriosidad del género humano”.

Ese pathos voluntarista pero también una interpretación abstracta e irreal del sujeto humano, está en la base del relato liberal progresista de la modernidad, y de la confianza excesiva en el poder de la ciencia para resolver todos los males.

El orgullo nacional y la Microbiología

A finales del siglo XIX, poco antes de la primer gran guerra, las potencias colonialistas, Gran Bretaña, Francia, Alemania, rivalizaban no sólo en el terreno de la industria y de la posesión de colonias, sino también en el campo de los descubrimientos científicos, como signo privilegiado de la superioridad de una nación sobre las otras, en un escenario internacional competitivo que llevaría a la catástrofe.

Una nueva frontera de la ciencia sería batida por los sabios de una Europa que se había constituido en el centro del mundo. En 1887 Louis Pasteur funda una escuela de biología y descubre la vacuna contra la rabia. En esa Francia aún resentida por su derrota en la guerra franco-prusiana, los logros de sus mejores hombres son celebrados como expresión del genio de la “raza”, o de la potencia de la Nación.

A la sazón, en el Instituto de Higiene de Berlín, el sabio Robert Koch había descubierto el bacilo de la tuberculosis. Poco después, el segundo de Pasteur, Emile Roux, y el joven suizo Yersin descubren un nuevo tipo de tuberculosis experimentando en conejos: la tuberculosis tipo Yersin. Al poco tiempo el presidente de Francia, Sadi Carnot, inaugura con gran despliegue oficial los nuevos edificios del Instituto Pasteur.

Por eso, cuando se desata la peste en los puertos de China –sometida al tutelaje británico-  el pánico fue indescriptible. No había cura alguna para la peste, tampoco se conocía su agente transmisor, por lo que las medidas de combate adoptadas no tenían ninguna eficacia. 

Los soldados británicos desalojaban las casas de los barrios infectados, prendían fuego absolutamente a todo y esparcían cal y ácido sulfúrico. Las barriadas populares eran aisladas con muros de ladrillo construidos a toda prisa.

Ante la magnitud de la tragedia los ingleses llaman a un equipo japonés liderado por un discípulo de Koch, Shibasaburo Kitasato, para que investigue y para no darle la posibilidad de un descubrimiento histórico y los consiguientes laureles a su rival, Francia. Pero ante la terrible mortandad, el gobernador inglés, Sir Robinson, convoca a Yersin, del equipo de Pasteur.

Estaba en juego mucho más que la vida de millares de seres humanos, así Hong Kong se convierte en un tablero donde se compite por el prestigio nacional, por medio de los logros científicos, y Kitasato niega a Yersin acceso a los cadáveres y lo expulsa del Hospital. A pesar de tener que trabajar en condiciones precarias, Yersin coimea a los soldados británicos de custodia en la morgue y consigue así cadáveres para su trabajo. Poco después redacta este testimonio:

“El bubón está muy definido. Lo extraigo en menos de un minuto y lo subo a mi laboratorio. Hago rápidamente una preparación y la pongo bajo el microscopio. Identifico a primera vista un verdadero puré de microbios, todos parecidos. Son pequeños bastoncillos rechonchos con las extremidades redondeadas”. 

Así, de forma lacónica y directa informa Yersin el descubrimiento que pondrá fin a un flagelo terrible, y que inflará de orgullo nacional el pecho de los franceses. El bacilo causante de la peste bubónica: Yersinia pestis.

Ahora me transformo en la muerte, la destructora de mundos”  J. Robert Oppenheimer

El tiempo en que vivimos parece disfrutar desarmando cualquier ilusión optimista sobre nuestro futuro. Vivimos en una era esencialmente tecnológica, el ideal del sabio contemplativo y desinteresado, vestido de riguroso traje negro, a lo Pasteur, quedó muy atrás, en el olvido. Por eso la cita de Robert Oppenheimer, líder científico del proyecto Manhattan, que culminó (julio de 1945) con la primer detonación de un artefacto nuclear, en el desierto de Nuevo México. Se dice que él mismo, consternado por la magnitud destructiva que había contribuido a desarrollar, recordó ese pasaje del Bhagavad Gita

Desde ese día, que partió en dos la historia de la especie humana, sabemos que tenemos en nuestras dudosas manos la posibilidad cierta de un Apocalipsis autoinfligido.  

A finales del siglo XIX y quizás en los comienzos del XX inclusive, muchos creían que llegaría el día en que la Ciencia (así, con mayúsculas) acabaría con los males que aquejan desde siempre a nuestra frágil y vulnerable humanidad. En el presente esa creencia nos suena de una enorme ingenuidad. El conocimiento científico y sus aplicaciones  tecnológicas son moralmente ambiguos, es decir, dependen de los fines a que se apliquen, pueden causar mucho bien o mucho daño, pero además padece una limitación que se ha hecho evidente con esta irrupción del coronavirus. Los científicos no pueden “totalizar” ningún campo del Bios, justamente porque es una realidad dinámica, en constante transformación, los virus mutan, y eso nos pone ante el hecho de una tarea infinita. Tenemos que convivir con el riesgo, la seguridad absoluta no está en nuestras manos.

Algunas conclusiones provisorias

Que el conocimiento brinda poder a quien lo obtiene es una verdad de perogrullo, a estas alturas, por eso la política debe asumir este hecho a fondo. El problema es entonces quién obtiene qué conocimientos, con quienes los comparte o no, y con que fines. Vivimos en un mundo en profunda crisis estructural, con una potencia como EUA que enfrenta, por primera vez desde la posguerra, un curso de declinación que se concretiza en el pasaje del unipolarismo al multipolarismo.

Una parte fundamental del destino de todos se juega en el terreno de la creatividad científica y del desarrollo de aplicaciones útiles para la vida, por eso corresponde que nos preguntemos cuál es la situación de nuestra nación en este terreno.

Argentina es un país que en su historia se singulariza, respecto de otros de la región, por haber vivido experiencias políticas que democratizaron el acceso a la educación y a la ciencia, a amplias franjas de su población. Con idas y venidas, avances y retrocesos, se plasmó un sistema educativo amplio, complejo, con estudios superiores de alto nivel y un sistema científico de excelencia, que nos ubica en un reducido lote de países en campos científicos como la energía atómica, la biotecnología, la robótica o la medicina.

El gobierno del ex presidente Mauricio Macri, munido de una filosofía colonial y mercantilista estrecha, un capitalismo de amigos que tiene antecedentes en la dictadura militar, para quienes daba lo mismo producir acero o caramelos, aplicó  políticas de ajuste que frenaron el desarrollo de importantes proyectos científicos, o enajenaron logros tecnológicos como el ARSAT. La crisis provocada por la pandemia del coronavirus, pone en evidencia lo nefasto de esas políticas y la necesidad de revertirlas cuanto antes.

El Mercado ha mostrado ser incapaz de lidiar con esta crisis, las élites de financistas especuladores o empresarios corporativos no poseen en su vocabulario, aprendido en las escuelas de negocios, las palabras “salud pública”, “solidaridad”, o “bien común”, y caen en conductas irracionales y egoístas que solo apuntan a salvarse a sí mismos. 

Cuenta el gran economista estadounidense John Kenneth Galbraith en su libro La cultura de la satisfacción, que la clase más rica de ese país, en plena crisis de 1930, se oponía férreamente a las medidas intervencionistas que tomaba el presidente Roosevelt, para salir del marasmo. También los economistas de más prestigio, como Schumpeter, en ese entonces en Harvard, criticaban ácidamente las políticas del New Deal. Decía: “Nuestro análisis nos lleva a creer que la recuperación sólo es firme si se produce por sí sola”. 

La conclusión que saca Galbraith es que “es más que evidente que los afortunados y los favorecidos no contemplan su propio bienestar a largo plazo y no son sensibles a él. Reaccionan, más bien, y vigorosamente, a la satisfacción y a la comodidad inmediatas”.

La crisis generada por la pandemia del coronavirus vino para quedarse, y es un elemento más que acentúa un rasgo central del sistema de dominación vigente, la incertidumbre y el miedo de las personas, el estado existencial de angustia y desamparo, el sentirse bajo amenaza permanente. Esto puede ser contraproducente, si no logramos generar espacios de participación colectiva, es decir, de vida política, donde someter a crítica aspectos estructurales de esta sociedad. Ya se escuchan voces que se alzan para cuestionar gobiernos, políticas o incluso al Neoliberalismo que durante décadas contribuyó al debilitamiento del Estado, al que ahora se recurre como tabla de salvación. 

Vivimos en un mundo peligroso, de gran inestabilidad y conflictividad, frente a esto, la única forma de darle al ciudadano común alguna certeza o seguridad, es reivindicando la política, construyendo democracias más participativas, combatiendo la privatización de aspectos esenciales que deben estar garantizados para todos, como el trabajo digno, la salud, la educación.

Finalmente, un país sin capacidad de desarrollar proyectos en el campo de la ciencia y su articulación con el aparato productivo y con la Defensa, con el Estado nacional como impulsor de las líneas estratégicas prioritarias, no podrá enfrentar estos enormes desafíos con posibilidades de éxito. La soberanía científica y tecnológica y la democratización del conocimiento son objetivos irrenunciables del proyecto nacional y es una de las enseñanzas que nos deja la experiencia de esta crisis sanitaria, aún en curso y de final abierto.

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*Profesor de Filosofía Política y Ciencia Política - Columnista de HoraCero

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