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El regreso de las epidemias en perspectiva histórica

En julio del 2020 llegó a las librerías "Morir en las grandes pestes" un libro escrito por Maximiliano Fiquepron que analiza las pandemias del COVID-19, fiebre amarilla y cólera, pero que tiene también la desafiante tarea de lograr abrir nuevas líneas de debate, repreguntarse algunas cuestiones, dialogar con otras.

Historia 08 de julio de 2020 Redacción HoraCero
CUADRO
Detalle del cuadro del pintor uruguayo Manuel Blanes sobre la fiebre amarilla

El autor del libro, Maximiliano Fiquepron nos cuenta la trama investigativa de su libro:

Corría el año 1997, la televisión por cable y el VHS eran lo máximo en tecnología del entretenimiento, en enero era asesinado brutalmente el periodista gráfico José Luis Cabezas y el HIV-SIDA recorría la década dejando al mundo sin respuesta, atónitos. En ese contexto, el historiador peruano Marcos Cueto daba título a una obra que leeré con pasión más de una vez: “El Regreso de las Epidemias”. En el libro, que hoy ya es una celebridad entre especialistas y público curioso, Cueto recorría la historia del Perú a través del prisma de las epidemias que azotaron regiones enteras entre los siglos XIX y XX. Diez años después, el HIV seguía con nosotros, pero se había desdibujado dentro de los grandes temores de la época. Los avances en materia de inmunología y el éxito de los tratamientos con drogas antirretrovirales, lograron transformarlo de sentencia de muerte inevitable a una enfermedad peligrosa pero crónica, con un horizonte de vida posible. En ese contexto Diego Armus publicó “La ciudad impura”, otra obra de historia social que todos deberíamos leer alguna vez. En sus páginas conocíamos la vida cotidiana de los tuberculosos entre 1870 y 1950, y descubríamos el surgimiento de una subcultura de la tuberculosis, que excedía lo meramente patológico. No sólo me hubiera encantado utilizar algunos de esos títulos para mi libro: me hubiera encantado escribirlos. Son dos piezas exquisitas de un campo de investigación siempre en crecimiento y, al mismo tiempo, excelentes ejemplos de que la exigencia académica puede convivir sin problemas con una prosa fluida y dirigida a un público no necesariamente especializado.

En julio del 2020 llegó a las librerías "Morir en las grandes pestes" un libro que se inspiró en estos enormes hitos del campo historiográfico, pero que tiene también la desafiante tarea de lograr abrir nuevas líneas de debate, repreguntarse algunas cuestiones, dialogar con otras. En él investigué sobre una serie de epidemias de fiebre amarilla y cólera que ocurrieron entre 1850 y 1880 en la ciudad de Buenos Aires. Intenté no solo mostrar la forma en que la epidemia era combatida (a través de qué saberes y protagonistas) sino que puse todo mi esfuerzo en tratar de mostrar cómo se vivía en un contexto tan particular como lo son las epidemias. La llegada de estas enfermedades producía una mortalidad muy elevada, así como también la huida repentina de los habitantes de la ciudad hacia pueblos vecinos. Quienes quedaban en esta ciudad desierta debían lidiar con la falta de alimentos y la imposibilidad de hallar alguna tarea para sobrevivir. En general conseguían trabajo como peones, cargando cadáveres, o transportando enfermos a los improvisados lazaretos que la ciudad establecía. El tiempo y las prioridades cambiaban. La ciudad desierta se volvía extraña para sus moradores. El silencio (cuentan quienes lo vivieron) invadía todo, como una niebla espesa. Sin embargo, busqué no solo retratar el drama humano sino también entender la lógica de quienes vivían ese tiempo tan particular que se impone durante una crisis humanitaria de estas características. Así que me dediqué a leer los periódicos de la época, para conocer de qué conversaban, de qué reían, de qué peleaban. En la prensa comentaban que por las noches los porteños armaban fogatas para conversar, beber un trago quizás, y así pasar una noche menos peor. Otros realizaban rezos colectivos a través de novenas, o circulaban por la ciudad quemando un judas, reapropiando para el contexto epidémico una tradición muy antigua del mundo católico. Incluso hubo quienes, furiosos por las acciones del gobierno municipal en 1868, conformaron una comisión paralela que destituyó a los funcionarios. En otras palabras, la sociedad porteña no vivió solo con miedo la llegada de estos eventos críticos, sino que operó activamente para salir del embate que estas enfermedades producían.

La mortalidad producida en 1868 con la llegada del cólera, y luego en 1871 con la fiebre amarilla impuso una necesidad imperiosa de enterrar los cadáveres en un nuevo cementerio. Nacieron así el cementerio del Sud y luego La Chacarita. Ambos son una parte muy importante de mi trabajo. Allí busqué demostrar que este acontecimiento no fue solo un cambio de locación, sino que impactó profundamente en las prácticas fúnebres de la época, modificándolas, imponiendo a los deudos el desafío de volver a encontrarse con los restos de sus familiares, muchos de ellos enterrados en fosas comunes sin mayor denominación. Estos rituales, lejos de ser elementos accesorios, son centrales para atravesar el evento crítico, para cerrar una etapa y comenzar otra. Al mismo tiempo, la llegada de estas epidemias introdujo al Estado y sus dependencias dentro de una esfera que hasta entonces no regulaba, al menos no de esa manera. Surgió todo un cuerpo de leyes y reglamentos en el área de la salud al calor de la crisis, y muchas políticas sanitarias que llegan hasta nuestros días han nacido en esos aciagos meses.

Por último, el libro dialoga con una de las obras artísticas más conocidas de nuestra historia del arte, el cuadro “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” realizado por el pintor uruguayo Manuel Blanes. Para quienes no lo recuerden, la pintura retrata un episodio que ocurrió durante la epidemia de 1871. Un sereno halló en sus recorridos nocturnos el cuerpo sin vida de una mujer, con un bebé que intentaba amantarse. La noticia circuló en la prensa y Blanes decidió a partir de ella componer una “imagen de la fiebre civilizada” como menciona la historiadora del arte Laura Malosetti Costa. Mis indagaciones me llevaron no tanto al análisis estético y técnico de la obra, sino más bien a conocer qué impacto puede tener en nuestra memoria colectiva la presencia de un elemento tan icónico como esa pintura. Así que me dediqué a estudiar cómo fue recordada la epidemia de fiebre amarilla de 1871 y la epidemia de cólera de 1868. Me sorprendí al conocer que el vicepresidente de la nación, Marcos Paz, murió de cólera, y que esa epidemia dejó miles de muertos y una profunda crisis social. Sin embargo, no hay demasiados registros en la memoria colectiva de estos eventos. ¿Por qué? ¿Por qué no recordamos que Marcos Paz murió de cólera ejerciendo la vicepresidencia, y sin embargo reconocemos a José Roque Pérez y Manuel Argerich (los protagonistas del cuadro de Blanes)?

El pasado se mira siempre con las preguntas del presente, y es por ello que deseo que Morir en las grandes pestes pueda ser leído como una herramienta que nos permita reflexionar nuestra actualidad. El COVID-19 llegó para marcar el ritmo de la economía, de la cultura, de la salud y de tantas otras esferas de nuestra vida cotidiana. La sensación que percibo en la calle, en las filas de los supermercados, en las conversaciones a través de videoconferencias con familiares, incluso en los medios de comunicación, es la de cansancio, miedo, frustración, desilusión. Estamos abrumados por esta suerte de niebla que se posó sobre nosotros, y que parece no se va a ir jamás. Quizás conocer cómo fueron las epidemias del pasado nos ayude a encontrar alguna respuesta hoy, a preguntarnos nuevas cuestiones, o al menos tener una certeza: que las epidemias terminan, que tienen un final. Pero tan importante como saber cuándo será ese final, es conocer todos los cambios que ellas, las epidemias, pueden producir en nuestra vida y en nuestras instituciones.

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Sobre el autor: Maximiliano Ricardo Fiquepron es Profesor universitario en Historia por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS); doctor en Ciencias Sociales por el Posgrado en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y la UNGS. Fue becario doctoral y posdoctoral del CONICET hasta el año 2018. Su campo de estudio comprende los distintos aspectos socioculturales y políticos vinculados a epidemias ocurridas en Argentina entre los siglos XIX y XX. 

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