Horacero Horacero

¿Estamos construyendo una sociedad ciberadicta?

En esta columna de opinión, el autor se sorprende de la cantidad de vocablos informáticos que debimos aprender para adecuar nuestras existencias a la utilización de las nuevas herramientas comunicacionales. También esboza una crítica social sobre la manera en que la sociedad ingresó a una especie de ciberadicción.

Opinión 04 de septiembre de 2020 Ricardo Luis Mascheroni*
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La ciberadicción, una adicción de nuestros días

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No hay dudas que cuando pase la pandemia -si es que ello ocurre efectivamente-, va a dejar una serie de hechos, conductas y acontecimientos novedosos para el análisis y el pensamiento, y también para el aprendizaje. Lo cual no es una certeza, nunca se sabe, ya que los seres humanos somos propensos a tropezar varias veces con la misma piedra.

Sin perjuicio de la variedad de situaciones para su abordaje, me voy a referir a una asociada a las tecnologías de la comunicación a distancia.

De golpe, hemos tenidos que digerir una serie de términos, extraños para la mayoría de nosotros, como teletrabajo, teleconferencia, zoom, streaming o también denominado transmisión por secuencias, lectura en continuo, difusión en continuo o descarga continua... entre tantos otros que desconozco.

Estas novedosas plataformas de comunicación han obligado a muchos a tener que adquirir, adaptar, mejorar o renovar sus viejos aparatos de intercomunicación para ponerse a tono con las nuevas demandas.

A quienes por distintas razones no lo hemos hecho, se nos dice que estamos "fuera del mundo", habría que preguntar ¿de qué "mundo" nos están hablando?

En este contexto, el celular, la tablet, la notebook y la PC se han transformado en una prolongación de nuestro cuerpo, inescindibles y necesarios para el ingreso a la modernidad "plus ultra".

Consecuencia de ello, el teléfono fijo y el timbre en la puerta han devenido en objetos de museo, que dentro de poco serán exhibidos en ellos como adminículos de un pasado remoto.

Una llamada a un fijo produce una sensación rara, tal como me decía un amigo que me llamó días atrás. Ya tocar el timbre, no hablemos del llamador, es todo un desafío. La gente se queda parada en la puerta sin saber cómo actuar y acude pronto al "celu" para contactar al destinatario que va a visitar.

El olvido del celular, o la lejanía de esos instrumentos -o la caída del sistema-, pone a muchos al borde del síndrome de abstinencia, dejando evidenciar una desorientación e inquietud malsana.

Todo lo que antes era presencial o personal, hoy se hace vía redes sociales o internet y son tantas las oportunidades de telecomunicarse o interactuar por dichos medios que la gente empieza a sobrecargarse y atosigarse de compromisos para no perderse nada de lo que ocurre en el mundo virtual. Ya no alcanza con un solo equipo de interconexión, a la par que escuchan en simultaneidad una conferencia en la PC, asisten a un congreso sobre cualquier cosa por zoom en el celular y despliegan la tablet por si tienen algún otro evento en ciernes.

Todo es monitoreado, expuesto y puesto en la palestra para su exhibición, mientras el sagrado derecho a la intimidad y privacidad es conculcado "manu militari" sin derecho al pataleo. George Orwell, en su genial libro “1984”, se ha quedado corto con su Gran Hermano que todo lo vigila.

Pocos concurren a esos eventos masivos a la "sans façon", la mayoría se tiene (dirían nuestros abuelos) que adecentar para la ocasión, no sea que los vean desarreglados. Necesitan un tiempo más que prudencial para ello, previo mirarse repetidamente en el espejo y acomodándose para mostrar su mejor perfil.

A estos comportamientos masivos y compulsivos les cabe lo dicho por el recientemente fallecido escritor Carlos Ruiz Zafón, en su libro La Sombra del Viento: “La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo y le digo yo, que bastarán tres o cuatro generaciones para que la gente ya no sepa ni tirarse pedos por su cuenta y el ser humano vuelva a la caverna, a la barbarie medieval, y a estados de imbecilidad que ya superó la babosa allá por el pleistoceno.”

Sobre la organización de un evento reciente, un conocido decía: “Creo que la cantidad de eventos virtuales que hay permanentemente está llegando a cierto nivel de saturación y, si no hay necesidad, mejor esperar cómo evoluciona la pandemia y poder pensar de qué manera hacerlo el año próximo.” 

Dentro de poco me parece que habrá en cada uno "Un Día de Furia", contra toda esta parafernalia, que los ha apresado y obligado a convivir en una maquinaria negatoria de lo humano y sus sensaciones más íntimas.

Quienes hemos apelado al libro como tabla de salvación ante el aislamiento sanitario por la pandemia, todavía nos queda el sagrado derecho a la imaginación y al pensamiento sin cepos tecnológicos.

Quiero terminar la presente reflexión con lo que decía Roberto Arlt en 1929, en su artículo: “¿Para qué sirve el Progreso?”; “Me tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuánto papanata encuentro por ahí, en cuanto comienzo a rezongar de que la vida es imposible en esta ciudad me contesta: -Es que usted no se da cuenta de que progresamos.”  Y agregaba: “La gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen valor alguno. Estos términos hacen carrera, se convierten en monedas de uso popular y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a aplicarlos a situaciones que no se resuelven con el uso de un vocablo. Y es que llega un momento en que las palabras asumen el carácter de moda; no interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de estupidez colectiva.”

“Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo. Hemos progresado. 
Es maravilloso. Cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!”

Y concluía: “¿Para qué sirve este maldito progreso? Sea sincero. ¿Para qué sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud, perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende?”.

*Docente universitario - Columnista de HoraCero

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