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El Che Guevara y El Hombre Nuevo

Al recordarse en octubre la figura de este revolucionario latinoamericano, el autor de este artículo se propone indagar en un concepto que fue motor de su lucha: El hombre nuevo. ¿Cuál era el significado de este concepto que forjó en los agitados años de su vida?, quien lideró junto a Fidel Castro la revolución cubana.

Opinión 07 de octubre de 2020 Antonio Miguel Yapur
Mausoleo-Che-Guevara
La estatua del Che en el Mausoleo de Cuba

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…Pero cuando fui a Río Grande conocí la historia de Rosa. Una mujer simple del pueblo brasileño que no tenía mi nivel cultural -prácticamente era analfabeta-, que no tenía mi ideología, que no estaba formada en una revolución socialista, pero Rosa dijo exactamente lo que yo había dicho. «¡Es preferible morir defendiendo la tierra a morir de hambre!». Y así lo hizo. Eso me conmovió. Porque no importa ni tu nivel cultural, ni tu ideología, ni donde hayas nacido: eres un ser humano y tienes un límite. Llega un límite a partir del cual ya no puedes soportar que acaben con tu vida, que no haya posibilidades para tus hijos, y ella, Rosa, me lo demostró…” Aleida Guevara March. Hija del Che, en una entrevista de Néstor Kohan para el periódico Rebelión – 2003

En uno de mis viajes a Cuba, fui a Santa Clara, al Mausoleo del Che Guevara, al llegar el primer encuentro que tengo es con el mensaje histórico del Che que lo describe en todo su ser, estaba esculpido en una piedra como símbolo imborrable de la permanencia de sus ideas revolucionarias como motor de un hombre libre. 

Expresaba en mayúsculas; “ME SIENTO TAN PATRIOTA DE LATINOAMÉRICA, DE CUALQUIER PAÍS DE LATINOAMÉRICA, COMO EL QUE MÁS Y, EN EL MOMENTO EN QUE FUERA NECESARIO ESTARÍA DISPUESTO A ENTREGAR MI VIDA POR LA LIBERACIÓN DE CUALQUIERA DE LOS PAÍSES DE LATINOAMÉRICA, SIN PEDIRLE NADA A NADIE, SIN EXIGIR NADA, SIN EXPLOTAR A NADIE”

El Che pensaba la vida de cada humano con un vínculo ineludible con el conjunto de su sociedad, en sus palabras “con la masa consciente”. 

Decía que “Lo difícil de entender, para quien no viva la experiencia de la revolución, es esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez, la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.” (1)

Es indudable que el capitalismo en su etapa actual ha entendido la importancia de la lucha ideológica. Pues dedujeron que la pueden utilizar para sumergir al ser humano en el accionar individualista, aislado de su sociedad, luchando solitario por el logro de un bienestar individual.

Las usinas ideológicas del desarrollo neoliberal del capitalismo entienden de esto y logran que las personas actúen como masa inconsciente en tanto que ello les produzca ganancias, a su vez manipulan, estimulan y condicionan ese actuar masivo hacia un bienestar individual, momentáneo, instantáneo y vacío de cualquier proyecto de sociedad. 

Para el capitalismo el hombre atomizado es una perfecta mercancía.

El Che escribía “…el hombre está dirigido por un frío ordenamiento que, habitualmente, escapa al dominio de la comprensión. El ejemplar humano, enajenado, tiene un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de la vida, va modelando su camino y su destino.” (2)

En forma permanente y reiterativa explicaba que una revolución no era tal si ella en su proceso no creaba al hombre nuevo, un hombre que se debía construir con lazos íntimos de humanidad y armónicamente con el de una sociedad nueva, solidaria y responsable en conjunto de su destino.

“La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no solo en la conciencia individual en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles. La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia.”(3)

Los tanques de ideas del capitalismo y su propaganda actúan persistentemente en la construcción del individuo aislado y desvinculado de los procesos políticos y económicos que ellos mismos planifican. Como ejemplo, podemos hablar de las crisis económicas que provocan. En ellas, uno de los objetivos centrales es hacer que las paguen los pueblos del mundo, el otro es usarlas como herramienta de sometimiento y esclavitud moderna.

“Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que este se percate. Solo ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. Así lo presenta la propaganda capitalista que pretende extraer del caso Rockefeller —verídico o no—, una lección sobre las posibilidades de éxito. La miseria que es necesario acumular para que surja un ejemplo así y la suma de ruindades que conlleva una fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro y no siempre es posible a las fuerzas populares aclarar estos conceptos.”(4)

En este pasaje escrito hace más de cuarenta años, el Che perfila con sencillez y claridad meridiana la idea que en la actualidad nos pretenden imponer acerca del mérito individual como el principal motor para el logro de la felicidad. 

Para el sistema capitalista producir meritoriamente un millonario, implica millones de otros humanos muertos o sumergidos en la más extrema pobreza.

En nuestra vida cotidiana medimos con naturalidad el bienestar teniendo como parámetro principal cuánto tenemos, cuántos objetos tenemos o cuántos objetos deseamos o nos hacen desear. 

La decadencia de la vida espiritual está en un estadio parecido al logro de objetos de felicidad. Las creencias religiosas están reducidas a un pedido del perdón semanal o a la imploración de la felicidad a un único ser intangible, pero transfigurado también en objeto.

La vida política de nuestros países tiende al reduccionismo pragmático que no alcanza ni para resolver los aspectos más elementales de la vida humana, el que haya personas sumergidas en la más extrema miseria. Los dirigentes con convicciones revolucionarias confirman este aspecto, pues son evidenciados como emergentes de este colonialismo ideológico y político. 

La vida política de nuestros países tiene escasas utopías y en cambio reemplazan a las mismas por promesas que llevan a la distopía.

El revolucionario que asesinaron en octubre de 1967 en Bolivia, dos años antes escribía “El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada. Precisamente éste es uno de los puntos fundamentales de nuestro estudio y de nuestro trabajo y en la medida en que logremos éxitos concretos sobre una base teórica o, viceversa, extraigamos conclusiones teóricas de carácter amplio sobre la base de nuestra investigación concreta, habremos hecho un aporte valioso al marxismo-leninismo, a la causa de la humanidad.”(5)

Y dejaba mucha precisión acerca del contenido de ese hombre nuevo “No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año se pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad.”(6)

Y es un buen final para este escrito dejar testimonio acerca de la íntima vinculación del espíritu humano con la vida material cotidiana y proyectada: 

“Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.”(7)

Ser como el Che no es un eslogan, es una condición para concebir al ser humano, al semejante, al otro.

Referencias (1),(2),(3),(4),(5),(6),(7), El socialismo y el hombre en Cuba, Ernesto Che Guevara, http://biblioteca.clacso.org

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Antonio Miguel Yapur, Ex Docente Universitario - Poeta y periodista / HoraCero

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