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La Revolución de Octubre que ocurrió en Noviembre

La Revolución Rusa no fue casualidad, la Rusia Zarista era el país más atrasado de toda Europa, y dependiente en gran medida de los países occidentales como Francia y Gran Bretaña.

Cultura 02 de noviembre de 2020 Daniel Silber*
REVOLUCIÓN
Obra del pintor Isaak Brodsky en la que se ve a Lenin dirigiéndose a los trabajadores de las fábricas Putílov, en 1917.

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El próximo 7 de noviembre celebraremos 103 años de la Revolución de Octubre ¿Contradicción, equívoco? No. Pasa que esa Revolución se produjo en la Rusia zarista, que se manejaba en esos tiempos, con el calendario juliano y cuando se desencadenó todo el proceso revolucionario, según ese almanaque era el 25 de octubre.

Cuando los bolcheviques (luego comunistas) asumieron el poder, entre otras cosas (y ésta es una menor, aunque sirvió para “ponerse a tono” con los países occidentales) se revocó el viejo sistema juliano y se instauró el calendario gregoriano (el que utilizamos). Por eso es que en todo el mundo la Revolución de Octubre se conmemora el 7 de noviembre.

Dicha Revolución, conocida también como la Revolución Rusa fue realizada por los bolcheviques y los pueblos del imperio, conducidos por un señor cincuentón, petisito, menudo, un poco calvo y con barba chivita de nombre Vladimir Ulianov y que se hacía llamar Lenin. Derrocaron a la decadente autocracia zarista, que había sumido al pueblo en la peor de las miserias, violencias e ignominia.

La Revolución no fue casualidad, sino consecuencia de una situación insostenible; por ejemplo, el 90% del campesinado –la mayoría de la población- era analfabeta, no comía, no tenía nada, nada de nada. Esa Rusia Zarista era el país más atrasado de toda Europa, y en gran medida dependiente de los países occidentales como Francia y Gran Bretaña.

Y la traemos al presente porque, como escribiera el periodista norteamericano John Reed en “Diez días que conmovieron al mundo”, a partir de entonces, toda la comprensión de la Historia y del devenir cambió rotundamente. Asi nació la Rusia Soviética, un 7 de noviembre de 1917 bajo estas ideas: el poder a los Soviets (concejos de obreros, campesinos y soldados, embrión de la democracia socialista), la paz a los pueblos, la tierra para los que la trabajan y la lucha contra el hambre.

Ya no estaban solos los capitalistas para decidir sobre el destino de millones de personas. Ahora había que pensar que existía una alternativa absolutamente diferente al capitalismo, profundamente humana y tremendamente audaz. Las sociedades se ponían “patas pa´rriba”. 

Trabajadores y pueblos del mundo veían que la igualdad entre hombres y mujeres, los salarios dignos, las vacaciones pagas, el acceso a la cultura, la ciencia y el esparcimiento, la educación y salud de calidad y gratuita no eran solo utopías, sino realizaciones concretas de un sistema político y social basado en una distribución más justa y equitativa de la riqueza social, y que el producto del trabajo no se lo apropiaban unos pocos. El socialismo, aun en medio de amenazas, asedios, bloqueos y guerras, podía construir una sociedad digna, menos desigual, más justa.

Más allá de las dificultades objetivas, se produjeron errores, hubo injusticias, se cometieron arbitrariedades, hubo falencias, malos cálculos, subestimación del enemigo, sobreestimación de los recursos propios, ingenuidad. Como atenuante, era un proceso que no se hacía en el vacío, sino que se generaba en medio de una aguda lucha, lucha de clases que tenía por exponentes a las clases dominantes en los países capitalistas y a las clases subalternas –en primer lugar, a la clase trabajadora- en la Unión Soviética, al principio en soledad, y luego acompañada por el campo socialista. 

Si alguien piensa que un proceso tan profundo de transformaciones fundamentales sería puro, irreprochable, pulcro en todas sus dimensiones, se equivoca. Cuando lo que está en juego es el poder –y éste es en beneficio de los desposeídos y son éstos los protagonistas de los cambios-, es probable que se cometan afrentas y haya extravíos y desvíos, pero lo que no hay es la maldad intrínseca y constitutiva del capitalismo, cuyo único objeto es la maximización del lucro para unos pocos, las clases propietarias.

Entonces, reproducimos las palabras de Abelardo Castillo: “No deja de ser terrible que los hombres debamos celebrar, como victorias del hombre, epopeyas de desesperación y coraje que, a lo largo de la historia de los pueblos, les ha costado la vida o la libertad a millones de semejantes. Tal vez algún día existirá una humanidad que merezca sus mártires al punto de no comprender siquiera el sentido que tuvo esta proto-historia caníbal a la que llamamos Historia. Tal vez alcancemos el estado ético del animal, que mata y lastima con inocencia. O tal vez esta larga redención que empezó en el mundo con el primer hombre humillado, sea nuestra humana condición y estemos condenados a que la lucha no termine. Cualquiera que sea nuestro destino, la Revolución Rusa seguirá significando que, por lo menos alguna vez, el hombre fue un sueño posible sobre la Tierra. Un sueño posible del hombre sobre la Tierra”.

Pasó más de un siglo del cañonazo inaugural del Aurora en aquel invierno de Petrogrado anunciando un futuro diferente. Aquellos eran tiempos sombríos: guerra, hambre, colonialismo, imperialismo, decadencia del mundo burgués. Si aquellos y aquellas pudieron, ¿por qué no nosotros, estas generaciones que se apropian de esas experiencias y podemos resignificarlas al calor de originales saberes y prácticas renovadas? Junto a la crisis del socialismo, está –y cada vez más aguda, más feroz, más cruel- la crisis del capitalismo, que a pesar de su dominio desde hace 30 años, ha sido incapaz de solucionar ninguno de los dramas que padece la Humanidad, y en cambio los agudizó. 

Pero como todo proceso humano, no está dicha la última palabra. Los 74 años de vida de la Unión Soviética –un instante en la Historia del género humano, una pequeña fracción frente a los 500 años capitalistas- son un episodio de las transformaciones sociales que muestran que existen alternativas válidas al capitalismo. Y como todo proceso humano, hay un final abierto.

Si hubo seres humanos que consumaron genocidios, lanzaron bombas atómicas, construyeron cámaras de gas, saquean pueblos y naciones, explotan a personas, destruyen el medio ambiente en aras de su voracidad infinita, también existen aquellas que fueron capaces de elaborar la Declaración de los Derechos Humanos, que son sabios en resistir dignamente en Cuba, vencer militarmente en Vietnam, terminar con el hambre de millones en China o derrotar al apartheid en Sudáfrica.

Un camino probable es con voluntad, audacia y organización para modificar de raíz lo que está, soñando con una nueva sociedad equitativa, solidaria, democrática, socialista. Si fue posible, es posible.

* El autor es Profesor de Historia

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