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Ni Huxley lo pudo concebir mejor: las redes sociales

Gustavo Courault vuelve a meter dedos en llagas sobre temas controvertidos, en esta nota apunta a las redes sociales para demostrarnos la influencia que ejercen sobre la comunidad de usuarios.

Tecnología 06 de noviembre de 2020 Gustavo Courault*
CARAS
La trampa de las redes sociales

Todo comienza en nuestro cerebro con la dopamina. Cada vez que hacemos algo satisfactorio, recibimos una descarga de esta sustancia.

Hay un famoso experimento donde se encierra un mono en una habitación donde sólo hay una palanca.

El mono luego de un tiempo la acciona. Si no hay otra respuesta que la simple resistencia mecánica el animal pierde el interés, pero como está aburrido encerrado, en un momento vuelve a insistir. En uno de esos intentos, se abre una trampilla y cae una banana.

El mono a partir de ese momento tira de la palanca una y otra vez, esperando el premio.

Cuando el mono tiró de la palanca y recibió la banana, además obtuvo dopamina que reforzó su conducta, lo que hace que insista.

Puede pasar mucho tiempo hasta que se de por vencido de bajar la palanca una y otra vez si no se lo vuelve a premiar más, pero basta con que en una se abra la trampilla y obtenga la fruta, para que el tiempo en el que insista sea mucho más alto.

La analogía con las máquinas tragamonedas es obvia. Nosotros somos los monos que alguna vez de tanto tirar de la palanca (ahora son botones y otros mecanismos), alguna vez obtenemos un premio que nos mantiene enganchados.

Pero hay otra forma insidiosa de la que se aprovechan de esa facultad de nuestra conducta: las redes sociales.

Cada vez que alguien pone “Me gusta” en una publicación, la comparte o la comenta, nos genera dopamina.

Los algoritmos de las redes sociales están alimentados por nuestra conducta ante las publicaciones y buscan la manera de hacer que estemos el máximo tiempo posible frente a la aplicación o la web.

Estudian nuestra conducta para que de manera continua “tiremos de la palanca” en busca de nuestra satisfacción. De esa manera nos mantienen delante de su pantalla para vendernos las publicidades.

Las publicidades tampoco son al azar, se tiene en cuenta nuestras preferencias en casi todo, lo cual conocen muy bien debido a nuestras interacciones.

Dejemos en claro que no son seres humanos detrás de todo ese proceso, sino que son algoritmos ahora potenciados por la llamada Inteligencia Artificial, que busca infatigablemente optimizar las dos cosas: que estemos frente a la pantalla y que consumamos la publicidad que nos ofrece. Porque su negocio es ese: ofrecer a los que hacen publicidad el público que pueda ser cliente.

¿Quiénes son los clientes? Nosotros, por supuesto. Entonces cobra sentido el dicho que si una red social, servicio correo electrónico y tantos otros son gratis, es porque el producto somos nosotros, o mejor dicho nuestros datos y metadatos que las alimentan.

Esa administración que hacen de nuestras mentes tienen efectos inesperados. Se sabe que aumenta la insatisfacción de los adolescentes por su cuerpo. Como las redes sociales se esfuerzan en hacer que pongas “Me gusta”, hay una serie de filtros que perfeccionan tus rasgos y quitan manchas de la piel, suavizan arrugas, agrandan los ojos y cosas por el estilo. Eso hace que lo que las fotos sean maravillosas. Esa comparación con lo que se ve en las fotos y lo que devuelve el espejo hace que los jóvenes estén cada vez más insatisfechos con su apariencia.

Otro efecto inesperado es la polarización de las opiniones y la proliferación de grupos como los antivaculas y los terraplanistas.

Los algoritmos nos van ofreciendo artículos y opiniones que son de nuestro interés para mantenernos frente a la aplicación o la pantalla. Eso hace que parezca que todas las opiniones sean las nuestras y desaparezcan las opiniones disidentes de nuestro radar, de pronto estamos rodeados de gente afín que potencia lo que nosotros creemos.

Los terraplanistas por ejemplo son un grupo que existió desde el siglo XIX, creado por Samuel Birley Rowbotham y que de a poco se fue extinguiendo hasta que alrededor del año 2009 empezó a tomar relevancia junto a la teoría de conspiración de que el hombre nunca llegó a la Luna.

El crecimiento del terraplanismo se explica porque las redes sociales permiten que las afirmaciones que hacen en contra de la ciencia aceptada les dan a los miembros una sensación de que son independientes de las opiniones más difundidas, una suerte de sensación de ser libre pensadores y la facilidad para difundir las ideas mediante la Internet.

De pronto personas desconocidas son conectadas por estas ideas, se conocen e intercambian sus pareceres.

En ese ambiente cerrado, donde todos están de acuerdo que los demás no ven la verdad, se potencia aún más su punto de vista.

Ese fenómeno es muy bien explotado por quienes entran en esos grupos y difunden ideas relacionadas, por ejemplo la conspiración de “Q Anom”.

Se puede ir un paso más allá. Por ejemplo en Trinidad y Tobago, la empresa británica Cambridge Analytics fue contratada para que un partido pudiera ganar las elecciones. En ese país la sociedad tiene dos grandes grupos étnicos: los descendientes de africanos y los nativos de la isla.

Los jóvenes de uno de los grupos étnicos es muy obediente a sus padres y mayores, el otro no.

La empresa entonces se concentró en hacer que los jóvenes de la etnia más rebelde no vaya a votar, debido a que el partido que había contratado a Cambridge Analytics era de la etnia rival.

Entonces crearon una campaña donde ensalzaron la libertad y mostraron videos de marchas con la consigna de que eran personas libres y que por lo tanto decidían no ir a votar y mediante FB difundieron el mensaje.

Como los jóvenes de la otra etnia tenía más apego a los mandatos de sus mayores, fueron a votar y así ganaron las elecciones.

Ni siquiera Aldous Huxley fue capaz de concebir un control social tan efectivo y simple sobre la población.

Su idea del “Mundo Feliz”, podría haber sido aún más exitosa con el uso de estas tecnologías.

O quizás podamos ver en el “Me gusta” alguna forma de la famosa droga de la novela, la soma.

*Ingeniero - Escritor / Coordinador web de HoraCero

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