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Marcel Proust: Tres fragmentos de su obra

Recordamos al escritor Marcel Proust recorriendo tres fragmentos de su valiosa obra. Su novela En busca del tiempo perdido fue una de las cumbres de la literatura universal.

Cultura 18 de noviembre de 2020 HC
MARCEL PROUST - HORACERO
Un día como hoy fallecía el escritor parisino Marcel Proust

Marcel Proust (1871-1922) nació en París en el seno de una familia adinerada. Enfermo crónico de asma, pasó gran parte de su vida recluido en una habitación donde escribió su obra maestra, En busca del tiempo perdido, una de las cumbres de la novela universal. De las siete partes que la componen, publicó en vida: Por el camino de Swann (1913), A la sombra de las muchachas en flor (1919), El mundo de Guermantes (1920-1921) y Sodoma y Gomorra (1921-9122); póstumamente se editaron La prisionera (1923), Albertine desaparecida, retitulada después La fugitiva (1925), y El tiempo recobrado (1927).

Fragmento de La Fugitiva
Pero después de echar esta carta al correo me asaltó de pronto la sospecha de que, cuando Albertina me escribió: «Me habría encantado volver si me lo hubieras escrito directamente», no me lo había dicho sino porque no se lo había escrito directamente y que, si lo hubiera hecho, no habría vuelto tampoco, la idea de que le gustaría saber a Andrea en mi casa y que después fuera mi mujer, con tal de que ella, Albertina, quedara libre; porque ahora, desde hacía ocho días, podía entregarse a sus vicios, destruyendo las precauciones de cada hora que yo había tomado durante seis meses en París y que resultaron inútiles, puesto que en estos ocho días Albertina habría hecho lo que, minuto por minuto, había impedido yo. Pensaba que probablemente estaba lejos, haciendo mal uso de su libertad, y sin duda esta idea me entristecía; pero era una idea general, que no me mostraba nada particular y por el número indefinido de amantes posibles que me hacía suponer, no me permitía fijarme en ninguna, llevando mi mente a una especie de movimiento perpetuo no exento de dolor, pero de un dolor que, por falta de imagen concreta, era soportable. Mas dejó de serlo y se tornó atroz cuando llegó Saint-Loup.

Fragmento de Por el Camino de Swann
La Envidia tenía ya más expresión de envidia. Pero también en ese fresco ocupa tanto espacio el símbolo, y está representado de modo tan real, y es tan gorda la serpiente que silba en labios de la Envidia y le llena tan completamente la boca, hasta el punto de tener distendidos los músculos de la cara como un niño que está inflando una pelota, soplando, que la atención de la Envidia, y con ella la nuestra, se concentra entera en lo que hacen las labios, y no tiene casi tiempo de entregarse a pensamientos envidiosos.

A pesar de toda la admiración que profesaba el señor Swann por esas figuras de Giotto, por mucho tiempo no me dio mucho gusto contemplar en el cuarto de estudio, donde estaban colgadas unas copias que me trajo Swann, aquella Caridad sin caridad; aquella Envidia, que parecía una lámina de Tratado de Medicina para explicar la comprensión de la glotis o de la campanilla por un tumor de la lengua o por el instrumento del operador, y aquella Justicia, que tenía el mismo rostro grisáceo y pobremente proporcionado que en Combray caracterizaba a algunas burguesitas lindas, piadosas y secas que yo veía en misa, y que estaban ya algunas alistadas en las milicias de reserva de la Injusticia. Pero más tarde comprendí que la seductora rareza y la hermosura especial de esos frescos consistía en el mucho espacio que en ellos ocupaba el símbolo, y que el hecho de que estuviera representado, no como símbolo, puesto que no estaba expresada la idea simbolizada, sino como real, como efectivamente sufrido, o manejado materialmente, daba a la significación de la obra un carácter más material y preciso, y a su enseñanza algo de sorprendente y concreto. Y así, en la pobre moza tampoco el peso que desde el vientre la tiraba llamaba la atención hacia él; e igualmente, muy a menudo, el pensamiento de los moribundos se vuelve hacia el lado efectivo, doloroso, oscuro y visceral, hacia el revés de la muerte, que es cabalmente el lado que ésta les presenta y los hace sentir, mucho más parecido a un fardo que los aplasta, a una dificultad de respirar o a una sed muy grande, que a le que llamamos idea de la muerte.

Fragmento de El Mundo de Guermantes
—Tengo celos, estoy furioso —me dijo Saint-Loup, medio en broma, medio en serio, haciendo alusión a las interminables conversaciones que yo sostenía aparte con su amigo—. ¿Lo encuentra usted más inteligente que yo? ¿Lo prefiere a mí? Vamos, ¿es que ya nadie más que él existe para usted? —Los hombres que quieren desaforadamente a una mujer, que viven en una sociedad de mujeriegos, se permiten bromas a que no se atreverían otros que verían en ellas menos inocencia.

En cuanto la conversación se generalizaba, evitábase hablar de Dreyfus, por temor de molestar a Saint-Loup. Sin embargo, una semana más tarde, dos de sus camaradas hicieron notar lo curioso que era que, viviendo en un ambiente tan militar, fuese hasta tal punto dreyfusista, antimilitarista casi.

—Es —dije yo, sin querer entrar en detalles— que la influencia del medio no tiene la influencia que se cree…

En realidad, contaba con detenerme en este punto y no repetir las reflexiones que días antes había expuesto a Saint-Loup. Sin embargo, como estas palabras, por lo menos, se las había dicho casi textualmente, iba a disculparme diciendo: «Eso es, precisamente, lo que el otro día…». Pero no había contado con el reverso que tenía la delicada admiración de Roberto respecto a mí y a algunas otras personas. Esta admiración se completaba con una tan completa admiración por sus ideas, que al cabo de cuarenta y ocho horas se había olvidado de que esas ideas no eran de él. Así, en lo que concernía a mi modesta tesis, Saint-Loup, absolutamente como si ésta hubiese habitado siempre su cerebro y yo no hiciera otra cosa que cazar en su coto, se creyó en el deber de darme calurosamente la bienvenida y aprobar.

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