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El guetto de Varsovia: Mir zainen do! (Aquí estamos)

Abril es el mes de recordación del Levantamiento del Ghetto de Varsovia. Entonces vale la pena hacer una pausa y considerar cómo la memoria nos ayuda a ver lo que jamás debemos olvidar.

Derechos Humanos 18 de abril de 2021 Daniel Silber*
muros
Los últimos muros del guetto de Varsovia

Por Daniel Silber* 

Todos los 19 de abril conmemoramos el Levantamiento del Ghetto de Varsovia. Fue en 1943. Pasaron 78 años. Es conocida esa rebelión de la población judía, encerrada dentro de ese infierno calculado por el nazismo que fue el Ghetto.

Unas 100 manzanas de la ciudad de Varsovia amuralladas con altos paredones de ladrillos que se extendían por más de 18 km., alambradas de púas, puestos y torres de control, guardias internas y externas, incursiones para enviar contingentes de personas a los campos de exterminio y solamente una entrada eran el lugar, donde fueron recluidos y hacinados más de 500.000 judíos polacos y de otras nacionalidades. 

Carentes de los más mínimos recursos para sobrevivir dignamente (agua, servicios sanitarios, vivienda, calefacción, alimentación, atención médica) –es bueno consignar que en esa área había solamente un árbol (los demás fueron talados ex profeso)-, la población estaba condenada a morir de enfermedades, inanición y sobreexplotación laboral.

Sin embargo, en ese terrible ámbito se gestaron hermosas y nobles experiencias que demostraban (y nos demuestran) la voluntad de lucha y vida reinante. Orquestas, escuelas, partidos políticos, imprentas, centros asistenciales, poemas, instituciones religiosas, hogares de niños, hospitales dan la pauta de esa enorme y honrosa decisión de no entregarse mansamente a la muerte.

Ejemplos como el Asilo del Dr. Janus Korczak, el archivo clandestino del Dr. Emmanuel Ringuelblum, la gestación del Frente Antifascista por Josef Lewartowsky y Andrei Szmidt son apenas algunos pocos hechos sobresalientes dentro de una cotidianidad donde sobrevivir ya era significativo.

Sin embargo, el punto más alto de esa rebeldía fue la creación de la Organización Judía de Combate (OJC). Formada por la mayoría de las organizaciones políticas actuantes dentro del Ghetto (sionistas de izquierda, comunistas, socialistas y otras corrientes) y constituida en gran parte de jóvenes que no superaban los 22 años, se dieron a la tarea de organizar la resistencia armada al terror nazi. La comandancia recayó en Mordejai Anielevic, un muchacho de apenas 21 años, quien estaba acompañado de un Estado Mayor integrado por jóvenes de su misma edad.

Casi sin armas y con solo la voluntad de lucha, la rebelión comenzó el 19 de abril de 1943 y se extendió hasta mayo/junio de ese año. Bombas molotov, algunas pocas viejas pistolas y fusiles y armas caseras en manos de civiles (hombres y mujeres sin preparación militar alguna) enfrentaban a metralletas, cañones, tanques, lanzallamas, aviones y a la soldadesca nazi –acompañada de colaboracionistas polacos, ucranianos, letones- entrenada y preparada para matar. 

Las tropas nazis creyeron que sería una nueva razzia; pronto debió convertirse en una operación militar a gran escala, con el empleo de todos los recursos para sofocar el Levantamiento, el que se convirtió en la primera sublevación urbana armada contra la Alemania hitleriana.

La desigual lucha duró más de un mes, superior a la que opusieron algunas naciones europeas a las tropas fascistas. Finalmente, un mar de fuego, metralla y bombas ahogó el Levantamiento. Una idea circulaba entre los combatientes judíos: ser firmes y valientes ante ese enemigo tan detestable.

Las consignas del Ghetto siempre fueron precisas y contundentes: Por nuestra y vuestra Libertad – Nunca más – No olvidar ni perdonar jamás, resumen un ideario que va mucho más allá de aquella siniestra coyuntura. 

Esas consignas resuenan en nuestros oídos y repercuten en nuestras conciencias, nos hacen eco porque tienen total vigencia y actualidad. Frente a la intolerancia, al odio, a la violencia generada desde el poder, frente al terror impuesto desde el Estado y planes sistemáticos de exterminio, nuestras conciencias y nuestros corazones se perturban y se agitan. Claman por justicia.

Vemos entonces que existe un hilo que une aquel acontecimiento con nuestra historia nacional más o menos reciente: aquellas consignas hoy forman parte ineludible de nuestro bagaje político–cultural cuando reclamamos por nuestros 30000 hermanos desparecidos y demandamos la inextinguibilidad de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los dictadores y sus bandas genocidas. 

El legado del Levantamiento del Ghetto de Varsovia trasciende el hecho en sí y se proyecta desde aquel momento al presente como un rayo de luz. Vertiginoso y potente nos dice que, frente a la ignominia, frente a la infamia, a los seres humanos –para seguir ostentando la condición de tales- solo nos queda el hecho de decir BASTA con todas nuestras fuerzas y sublevarnos contra el odio, la muerte, el horror.

Hoy, a 78 años de aquellas, la Humanidad debe seguir su agudo ejemplo para oponerse a las nuevas formas de marginación, al racismo, a la xenofobia, a cualquier forma de discriminación, a la violencia de género, al sexismo, a la opresión, a la destrucción del medio ambiente y los recursos naturales y desnaturalizar cualquier intento de justificación de tales aberraciones. 

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El Levantamiento del Ghetto de Varsovia tuvo lugar en aquella Europa. Esas sociedades de entonces no son las mismas de hoy. Sin embargo, la memoria sobre lo sucedido posibilita debatir acerca de nuestra propia historia de las últimas décadas y de la de otros pueblos de América Latina, en la que también ha tenido lugar genocidios y diversas acciones de resistencia.

El negacionismo -expresado de mil maneras diferentes- del genocidio del pueblo judío durante la 2ª. Guerra Mundial perpetrado por los nazis es similar al cometido contra el pueblo armenio, contra los pueblos originarios de Nuestra América en tanto la conquista o los pueblos afroasiáticos durante el colonialismo. 

Las masacres no pueden, no deben ser olvidadas para evitar que se repitan. Es nuestro deber como personas de bien. La memoria es selectiva, pero no puede caer en la omisión ni en la indiferencia. Recordamos –volvemos a pasar por el corazón- para estar siempre alertas, para que las bestias de ayer no se travistan en bestias de hoy, quizá un poco más elegantes, pero igual de brutales y abominables como los nazis.

Se han llegado casi a naturalizar muchas prácticas violentas y de sojuzgamiento sobre los más débiles, como la violencia implícita en la injusticia de la pobreza y la indiferencia por el otro, como en el egoísmo y la irresponsabilidad en medio de la pandemia que nos azota, encubriéndola –hipócritamente- bajo la defensa de ciertos derechos, pero exhibiendo otra forma de brutalidad social.

Por eso la importancia de avanzar hacia una sociedad justa que no genere espacios de exclusión al distinto (cuando no a su eliminación), ya sea que las diferencias sean por cuestiones de origen étnico, religioso (como en el caso del nazismo), condición socio-económica, origen lingüístico o cultural, etario, de género, elección sexual o de cualquier otra índole.

Por todo esto es que recordamos como aporte a la sensibilización y a la toma de conciencia de la ciudadanía en su conjunto del significado profundo que tienen conceptos tales como respeto, diferencia, solidaridad, convivencia, democracia.

La vida humana es impensable e imposible sin memoria. Pero cuando recordamos no lo hacemos con nostalgia o para que congelar imágenes. Lo hacemos porque entendemos que esas experiencias son valederas para el devenir.

En el Museo del antiguo campo de exterminio de Auschwitz hay una montaña de zapatitos negros, con cordones, blancos, sin cordones, rojos, sanos, rotos; ellos nos convocan. Somos sus herederos y como tales, es nuestro deber ético ser consecuentes con esas tradiciones que tanto nos enaltecen. Reivindicamos la memoria de los heroicos combatientes del Ghetto; en ellos están presentes todos los verdaderos luchadores por la libertad y la dignidad humana, de aquí y de allá, del pasado, del presente y del futuro.

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El legado que nos dejaron estos jóvenes fue el de no rendirse, el de levantar bien alto las banderas de la justicia, la honra y la integridad. Junto a esa herencia ética, nos dejaron un testamento político: la unidad de los que luchan, de los que resisten. Establecer cuál es el objetivo prioritario, y desde allí, construir todos los vínculos necesarios, todas las articulaciones que hagan falta con aquellos que somos parecidos, no para mimetizarnos ni subsumirnos, sino para derrotar al enemigo principal, sin abandonar convicciones no resignar banderas.

Nosotros, judíos progresistas no traemos a cuento ni el Holocausto ni la Shoá. Es el “Jurbn” (la catástrofe en idish). No somos partidarios de conceptualizar la lucha de los combatientes de esa manera. Para nosotros, esos luchadores de los ghettos, de los campos, de los bosques, de las unidades guerrilleras simbolizan uno de los escalones más altos de la condición humana: la resistencia al opresor, la rebeldía ante la injusticia más injusta –condenarte por ser-

Trabajamos para un mundo en paz, de paz, donde todos y cada uno sea digno y no carezca de ningún derecho, objetivos que solo e alcanzarán con democracias avanzadas, de profundo contenido social y solidario.

Vayan sabiendo esto los fascistas de cualquier lugar o momento: en nosotros no hay luto. En nosotros solo están la aurora, el viento fresco y rejuvenecedor de la esperanza. Ese es nuestro lugar. Y como dice la canción de los guerrilleros de aquellos días, convertida en himno: aquí estamos.

*Directivo de la Asociación cultural Israelita Argentina Peretz / Santa Fe

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