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Un relato sobre la meritocracia en mis tiempos de estudiante

"Desconfío profundamente de quienes hablan de la meritocracia. Casi nunca las condiciones son las mismas para todos", nos dice el autor en este testimonio sobre su vida de estudiante.

Opinión 26 de abril de 2021 Gustavo Courault*
aula
Desigualdades en los recuerdos de los días de estudiante

Escribe Gustavo Courault*

La vida me regaló muchos amigos y conocidos, de toda laya y color. Gracias a la amplitud de mente de
mi mamá y de mi papá pude acercarme sin prejuicios con chicos, adolescentes y adultos de muchos
extractos sociales y culturales.

La escuela primaria la hice en una de la provincia que quedaba a la vuelta de mi casa, la gloriosa
Amenábar. Las amigas de mi mamá la criticaban por eso, yo las escuchaba. Afirmaban que tenía que
haberme enviado a las primarias de moda de aquellos lejanos días: la Moreno o la J.J.Paso. Ni se hablaba
de las escuelas primarias privadas, eran para gente muy religiosa o para pibes con problemas, la buena
educación la daba el Estado.

En esa escuela, de barrio, sin cerca, con patio de tierra y aulas con bellas galerías aprendí a convivir con
los chicos que eran menos afortunados que yo, luego supe que venían de los hogares para huérfanos de la
época o vivían en lugares precarios cerca de la vía del tren.

Siempre fui buen alumno y mis padres siempre me mantuvieron el interés por la lectura, comprándome
distintas enciclopedias y libros que mi curiosidad me hacía leer. Por supuesto que no me daba cuenta de
mi ventaja, era un niño.

Rompí esa tradición de ir a las escuelas del Estado durante la secundaria, la transité por esos azares del
destino en la Inmaculada. En aquellos tiempos convulsos de los inicios de los 70 el Colegio Inmaculada
era un hervidero político. A pesar de todo seguí siendo buen alumno, me concentraba en aprender lo que
muy buenos profesores trataban de enseñarnos.

Tenía dos compañeros que estaban becados, provenían de una extracción muy humilde. Quizás era un
experimento de los jesuitas en aquellos días. Mi anterior experiencia en la primaria hizo que no tuviera
problemas con ellos, me resultaban inquietantes algunas conductas de mis otros compañeros, algunos de
familias tradicionales, otros que, se notaba, eran adinerados, todos con un mucho mejor nivel social y
económico que estos jóvenes becados.

No se que fue de la vida de ellos, de los becados, pero mis amigos que estaban bien desde el punto de
vista social y económico lo siguen estando y jamás se esforzaron demasiado en su paso por la secundaria,
más bien se dedicaban a ver qué ropa se compraban y a dónde salían el fin de semana; comentaban con
envidia si alguno de ellos se había comprado algo espectacular como un “boogie”.

Cuando entré a la universidad para estudiar ingeniería corría el año 1977 en la Universidad Tecnológica
Nacional en Santa Fe, los horarios de cursado eran de 19 horas las 23:45.

Conmigo cursaba un compañero de Laguna Paiva quien trabajaba en el ferrocarril como soldador. Trabajaba de 6 a 14 horas de lunes a viernes y 4 horas los sábados. Llamémoslo Miguel.

Miguel, luego de almorzar, de lunes a viernes, se tomaba el tren que en aquellos días corría entre las dos
localidades y llegaba alrededor de las 16. Iba a la biblioteca y estudiaba hasta que comenzaran los
cursados.

Era un excelente alumno y llevó la carrera casi al día hasta tercer año. En cuarto año se enfermó y perdió
la regularidad debido a las sucesivas faltas. En aquellos días perder la regularidad equivalía a recursar
todo el año, en este caso creo que era el cuarto año.

Le informaron mal qué materias debía recursar y perdió otro año. Es decir que no solo durante un año
entero hizo el viaje a Santa Fe y volvió a ver todas las materias que perdió por las faltas, sino que todo ese
esfuerzo fue en vano. Miguel decidió que era suficiente y dejó de estudiar.

En cambio, yo vivía a media hora de caminata de la facultad. No trabajaba. Estudiaba de 8 a 12 y de 14 a
17 de lunes a viernes y arrancaba dos o tres meses antes de fin de año. A las 17 me pasaba a buscar
un amigo para correr. Me bañaba y me iba a veces en auto en lugar de caminar a cursar. Sí, tenía buenas
notas porque siempre fui alguien a quien en los estudios le fue bien. Me recibí de ingeniero en un poco
más de los 6 años que eran en ese momento los de cursado de la carrera.

Pero siempre pienso en el esfuerzo de Miguel, qué hubiera pasado si esa vida me hubiera tocado a mí, si
hubiera tenido su tenacidad y su garra.

Por eso desconfío profundamente de quienes hablan de la meritocracia. Casi nunca las condiciones son las
mismas para todos.

Puedo decir que soy un privilegiado en algunos sentidos y en lugar de creer que es un derecho adquirido,
casi siento que tengo el deber de devolver un poco lo que recibí.

Me da la impresión de que quienes hablan de meritocracia simplemente creen que lo que hayan obtenido
se debe únicamente a su esfuerzo personal y quizás a su astucia.

*Webmaster de HORACERO

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