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VACUNADOS...

El autor de esta columna de opinión traza a modo de crónica cotidiana en episodios, diferentes facetas de lo que habitualmente se denomina "libre mercado" para cuestionarlo como tal.

Opinión 06 de septiembre de 2021 Antonio Miguel Yapur*
super 2
Entrar al supermercado es como ingresar a un tunel de sorpresas

 Antonio Miguel YapurEscribe Antonio Miguel Yapur*

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil 
millones de habitantes, es decir, quinientos millones de 
hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros 
disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre 
aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una 
falsa burguesía forjada de una sola pieza  servían de intermediarios.

Jean Paul Sartre, prefacio al libro de 

Franz Fanon “Los condenados de la Tierra”

 

Primera dosis

Recién comenzaba el siglo, a mediados del año 2005 me invitan al festejo de un cumpleaños, era un sábado por la noche en el centro de la ciudad. Me organizo y voy, aclaro esto porque soy reacio a concurrir a fiestas numerosas y menos aún si en ellas no tengo claridad con quienes tendré que compartirla.

En esa ocasión hice tripa corazón y fui porque el homenajeado era una persona de mi estima. Unos días antes llamo por teléfono a uno de los organizadores y le hago la pregunta habitual si debía llevar algo y contestan 

– No, no traigas nada, ya está todo organizado, sólo vení.

También pregunto cómo había que ir vestido y me responden que vaya como quiera, eso me dio un alivio y aportó a mi entusiasmo.

Ese sábado al llegar al sitio, ingresé con el auto, lo dejé estacionado en el subsuelo y luego subí por un ascensor hasta el segundo piso, no tuve opción de dudar donde debía descender, pues el mismo ascensor estaba programado para hacer un único trayecto hacia el salón de fiestas.

Al ingresar me recibe mi amigo, el agasajado y varios de su familia, nos saludamos, intercambiamos algunas palabras entre las cuales me agradecían por estar ahí. Enseguida la esposa del agasajado me indica dónde debía sentarme.

El salón estaba preparado con grandes mesas redondas cubiertas de manteles blancos que llegaban al piso, en cada mesa había ocho sillas forradas, también de blanco, haciendo juego con el mantel. Me indicaron que me ubicara en una mesa que estaba en una de las esquinas del salón.

Me dirigí hacia ella y me encuentro con que ya cinco invitados estaban sentados, me presento, los saludo y también me ubico.

Al rato llegan otros dos invitados, eran una pareja, se presentan y se sientan.

Al poco tiempo, comienza la actividad gastronómica, traen las bebidas y junto a ellas nos sirven una entrada que se parecía a una picada de bar. Entre tanto, y como suele suceder entre desconocidos que quieren romper el hielo, comienza una charla informal con muchas amabilidades y formalidades, todo ello es así hasta que los vahos alcohólicos del vino y la cerveza comienzan a participar de las conversaciones.

Cuando ya estábamos en medio del menú principal que era un sabroso asado, las conversaciones comenzaron a ser más amistosas y hasta se deslizaban algunas intimidades y aventuras.

Fue así que el varón de la última pareja que se sentó comenzó a contar una historia, según él, de su trabajo. Se atribuía el ser empresario del Mercado Abastecedor y se honraba de sus habilidades de especulador y dijo:

- Hace quince días encargué por teléfono a un productor de San Pedro un camión completo con acoplado, de duraznos y me lo mandó la semana pasada.

Y mientras se sonreía siguió relatando: 

-Cuando vi que el camión llegó al galpón y el conductor lo estacionaba como para empezar a descargarlo, ahí mismo salgo rápido de mi oficina y le grito a mis peones que no lo descarguen y le dije al camionero que no lo iba a comprar, que se los llevara de vuelta. 

Continuó su relato con la soltura e impunidad entre otras cosas, del alcohol,

-Entonces como media hora más tarde, mandé a mis dos oficinistas a perseguirlo. Les dije que esperasen hasta que el camión llegase a Santo Tomé y que cuando estuviese entrando en la autopista, lo paren y le ofrezcan comprar el camión entero a la mitad de precio y en efectivo.

Y finalizó el relato contando que el camionero aceptó, que lo llevaron a un galpón del barrio Barranquitas y los peones que estaban esperando lo descargaron.

Libre mercado ¿no? 

Segunda Dosis

Santiago contaba en una reunión de amigos una aventura que según él tuvo en el supermercado. 

Decía que siempre recorrían las góndolas con Lucía, su compañera y desde hacía un tiempo habían tomado el hábito de leer en los envases el contenido del cada producto que compraban, pues les había pasado que compraban lo que no querían. 

Ese día estaban en la zona de las góndolas refrigeradas, se detuvieron para comprar manteca, tomaron un paquete que era el más barato y que estaba en medio del mismo producto entre otras marcas conocidas, cuando leyeron el envase decía “producto untable a base de crema de leche y aceite vegetal, sin tacc”, no era manteca, pero la exhibían como si lo fuera.

Ese relato de Santiago alentó a los que estábamos en la reunión contar otras experiencias, uno dijo que le pasó algo parecido en las góndolas de mermeladas. 

En medio de frascos de este producto encontraron otros que decían “golosina con sabor a frutilla” o “sabor a durazno”. No eran mermeladas, pero estaban envasadas como si lo fueran y colocadas en medio de frascos de mermeladas. 

A la vista de los incautos compradores y en apariencia, la única diferencia visible era la de un precio algo menor.

Otros contaron sobre envases de “aderezo con sabor a queso” en góndolas dónde se mostraban paquetes de quesos rallados.

La visita a un supermercado es como el ingreso a un sombrío túnel de un parque de diversiones, nunca sabes lo que te sorprenderá o asustará, está llena de desconciertos que engañan a compulsivos compradores.

Libre mercado ¿no? O, me gusta que me engañes.

Pre dosis

A fines del siglo pasado, se instalaron en los distritos de la costa santafesina frigoríficos que procesaban pescados de río. Estos se ocupaban de faenar las piezas de pescado, encajonarlas, enfriarlas o congelarlas para posteriormente venderlas como producto de exportación. 

Al poco tiempo, los pescadores históricos -hoy llamados artesanales-, comenzaron movilizarse y reivindicar sus derechos a seguir viviendo de los productos que les brindaban las islas y los ríos. 

Habían advertido como una horda de iniciados pescadores contratados por los frigoríficos, eran lanzados al río para conquistarlo, someterlo, vaciarlo. 

Reivindicaban ser hijos, nietos y bisnietos de antiguos pescadores, el río era su medio de vida, su hábitat, su cultura, recorrer los espineles cada madrugada y cada atardecer era un ritual que los entusiasmaba, les daba alegría y esperanza. Sentían que el río les entregaba una parte de su vida para que ellos pudiesen alimentar a sus familias. Por eso lo cuidaban, porque la recompensa llegaba no solo con peces sino con algún carpincho, nutria o la miel de las islas.

En esos tiempos, cuando llegaron esos “empresarios”, llenaron de redes a los ríos y así los invadían. Se observaba como navegaban botes llenos de peces de todos los tamaños.

Luego llegaba la última etapa en la que pasaban “los patrones” que con lanchas equipadas, retiraban el producto de la pesca y ahí mismo les pagaban a granel y en efectivo para no dejar rastros del desquicio.

Así imponían lo que bautizaron como “pesca industrial”. Los peces de tamaños comestibles eran seleccionados como “mercadería de exportación” y los más pequeños eran procesados para alimentos balanceados de vacas, cerdos, pollos y otros “emprendimientos comerciales”.

Entonces, los pescadores históricos solo veían como sus espineles eran cortados y reemplazados por mallas, decían que el río estaba siendo colado por esos pescadores furtivos que con redes de pequeña abertura no perdonaban tamaños ni especies.

Libre mercado ¿no?

avión fumigador

Esta vez no vinimos solo con la Biblia

En esa misma época veíamos en los campos de las provincias como grandes maquinarias destruían los montes nativos. Los liquidaban y arrasaban con toda su fauna, con toda su vida.

Eran destruidos para ser sustituidos por sembradíos de soja, maíz, trigo. 

Ahora el horizonte en esos campos, se extendía hasta el infinito, ningún árbol lo obstruía, el paisaje era de un inmenso desierto verde, homogéneo y con prolijos surcos por donde circulaban unos esperpentos mecánicos que los llamaban amistosamente mosquitos, tenían la minuciosa tarea de envenenar con agrotóxicos a nuestros suelos, a nuestros alimentos. 

También en esos finales del siglo pasado, fuimos silentes testigos de la instalación de puertos privados en las costas del río Paraná. Así cerraban sus circuitos de ganancias y de extracción de nuestras riquezas. 

En aquella época comenzó esta nueva época de saqueos. Estos nuevos Santos Libros nos son concedidos en celulares, televisores led y otros adminículos tecnológicos para así encerrarnos en nuestras casas como cautivos felices. La tecnología entusiasmaba al bienestar individual mientras destruía los lazos sociales.

En tanto a los que en antaño se los llamaba colonos o productores agropecuarios, les alquilan sus campos y ahora ellos andan felices renovando sus 4x4 o comprando fideicomisos para construir lujosos edificios deshabitados.

Uno de los paradigmas de la ética capitalista ulterior a la derrota del nazismo fue el esquema binario del bien y el mal, a la sazón, los ladrones y las mafias eran los malos.

En estos últimos 30 años, a medida que esos malos se enriquecían legalmente, ese paradigma se difuminó y lo atravesó esta neoliberal lógica del capitalismo; la aplicación legal de los códigos mafiosos.

Ya no buenos ni malos, ahora Libre Mercado.

Ya no más aspiraciones y esperanzas colectivas, solo la salvación individual.

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*Antonio M. Yapur - Ingeniero, ex Docente universitario - Miembro del equipo editor de HoraCero

 

 

 

 

 

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