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Alejandra Pizarnik: la chica que jugaba con el fuego

A 49 años de su muerte, repasamos sus textos y sus pasos. Ella nos irradia su pregunta tenaz, la impiadosa verdad y belleza de su búsqueda.

Literatura 25 de septiembre de 2021 Por Gabriel Sánchez Sorondo*
ALEJANDRA PIZARNIK - HORACERO
Alejandra Pizarnik

Por Gabriel Sánchez Sorondo

Decía Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones que cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos da un látigo, "y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación". Alejandra Pizarnik fue acreedora del don y también víctima de esos latigazos auto-inflingidos. Con ellos, se llevó a sí misma. Dicho en sus propios versos: “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo”.

En aquellas últimas líneas que dejó escritas en su casa, horas antes de quitarse la vida, el 25 de septiembre de 1972, según bien recoge Cristina Piña en Alejandra Pizarnik /Biografía de un mito (Lumen, Buenos Aires, 2021) flamean la intensidad del don y el látigo, tanto como el tipo de abismos a los que estaba dispuesta la poeta.

Decir lo que no es para mostrar lo que es (mentir para revelar): de eso se trata la poesía, y Alejandra lo llevó al extremo. A veces corrosiva y rabiosa, hasta aullar verdad: “Gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia/ eso hiciste vos, eso yo./ Me pregunto si eso no aumentó el error/ hiciste bien en morir/ por eso te hablo, por eso me confío a una niña monstruo.”

Flora Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda. Sus padres, Elías Pizarnik y Rejzla (Rosa) Bromiker habían llegado a Buenos Aires desde Rovne, una ínfima ciudad ruso-polaca.

Pese a la educación religiosa recibida en la Zalman Reizien Schule, centro formativo hebreo donde aprendió (junto a su hermanaMyriam, dos años mayor) a leer y escribir en yiddish, Buma, o Blímele, como le decían sus padres, devino puro agnosticismo; aun signado por paganas epifanías que convirtió en oraciones: “Cansada de sostener las mismas vísceras/ Cansada del mar indiferente a mis angustias/ ¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!”

No abrazó la academia (aunque esta hoy la reverencie): en 1954 entró a la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires donde cursó entre 1955 y 1957. Se fascinó con las lecturas de Joyce, Breton, Proust, Gide, Claudel y Kierkegaard. Pero desdeñó la dinámica universitaria. Probó entonces con una Escuela de Periodismo que había en la calle Libertad. En cualquier caso, las instituciones no fueron lo suyo.

Alejandra encarnó el desafío esencial; esto nos lleva, otra vez, al “mito” referido por su biógrafa Piña. Quien escribe como Pizarnik se lanza a un acto mítico por lo prometeico; quiere robar el fuego a los dioses, a riesgo de acabar como el propio Prometeo, condenado por Zeus a una permanente agonía en el monte Cáucaso. Algo de eso le ocurrió a la chica que jugaba a la premonición con llamas tentadoras: “La sangre quiere sentarse. / Le han robado su razón de amor. / Ausencia desnuda. / Me deliro, me desplumo. / ¿Qué diría el mundo si Dios/ lo hubiera abandonado así?”.

Lo ígneo estaba en ella y en su búsqueda: pese a su introspección se expandía, ardía hacia los bordes. Se buscó en París, donde vivió entre 1960 y 1964, se indagó en la plástica (fue alumna de Batlle Planas) la acarició el reconocimiento de las becas -Guggenheim (1969) y Fullbright (1971)- pero nada la satisfizo.

La metáfora de Alejandra, la mentira contundente, núcleo mismo de este género luminoso y maldito, rema sin embargo hacia la verdad; busca respuestas. De eso, "la Pizarnik" es un síntoma hecho verbo. Pero ella es una poeta distinta. Como Girondo más que como Storni; como Macedonio más que como Orozco.

Ella hiere al lenguaje, le reclama resonancia, va al hueso significante: “Anillos de ceniza/ Son mis voces cantando/para que no canten ellos, / los amordazados grismente en el alba, / los vestidos de pájaro desolado en la lluvia”.

Publicó, además de alguna pieza teatral y narrativa (Los Poseídos entre Lilas, La condesa sangrienta) una secuela de poemarios deslumbrantes: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971).

Recibió el Primer Premio Municipal de Poesía, fue querida y admirada por Octavio Paz, Silvina Ocampo, Aurora Bernárdez, Laure Bataillon, Ivonne Bordelois, Sylvia Moloy, Simone de Beauvior, Oliverio Girondo, Enrique Molina, Juan Jacobo Bajarlía, Arturo Cuadrado, entre otres ilustres colegas.Tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé e Yves Bonnefoy, Elizabeth Azcona Cranwell, estudió historia de la religión y literatura francesa en La Sorbona. Pero no le importó la intensidad social o el reconocimiento intelectual; nada de eso la sació, porque quien busca como ella no encuentra nunca.

Su escritura fue un ejercicio de espiritualidad apremiante, inevitable, ligado a la pulsión antes que a la convicción. Por eso, el irse de Pizarnik “hasta el fondo” fue, ni más ni menos, que la continuidad de una indagación llevada al extremo.

"La jaula se ha vuelto pájaro"

En 1970 fue internada en el Hospital Pirovano, por una intoxicación con anfetaminas. Fue el principio del final: vinieron meses de excesos e inestabilidad que desembocaron en la madrugada del 25 de septiembre de 1972, cuando tras haber ingerido cincuenta pastillas de secobarbital fue encontrada muerta. Tenía 36 años. La velaron al día siguiente en la Sociedad Argentina de Escritores.

El arte refleja a la naturaleza, pero a la vez -decía Oscar Wilde- la naturaleza refleja al arte. Exacerbar el color, la sombra, la textura de las impresiones que tenemos de "lo real" es también el rol de la poesía, en un mundo tan sólido y concreto que abruma.

La subjetividad sublevada que Alejandra hiperrealiza, nos ofrece, en definitiva, un acceso a la naturaleza de las cosas. A eso se dedicaba, eso regaló, como fruto de su don y de su látigo, la chica que jugaba con el fuego.

La condición de perseguidora (y no fugitiva) encarna plenamente en ella; en la culminación de su fulgor lírico, en la precisión de su voz cuando parecía imposible llegar más lejos: "Ante la lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra, Alejandra, no lo niegues"”.

Especial de Télam Cultura / HORACERO

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