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¿Ambiente Versus Desarrollo?

El autor reflexiona acerca de las afirmaciones que ponen en contradicción el cuidado del medio ambiente con el desarrollo económico.

Opinión 07 de febrero de 2022 Ricardo Serruya*
ILUSTRACIÓN
¿El Desarrollo conspira contra el ambiente?

SERRUYAEscribe Ricardo Serruya*

En este último tiempo se abrió un debate falaz y –por momentos- perverso. Se plantea una especie de dualismo, de enfrentamiento irreconciliable entre desarrollo y ambientalismo. Así las cosas, desde distintos movimientos políticos y sociales, posteos en redes sociales llevados a cabo por ciudadanos y hasta en artículos de periodistas se afirma que la elección es tajante: si se quiere progreso hay que atentar contra el ambiente. No hay otra salida.

Un debate que enfrenta a organizaciones e individuos que, aunque cada vez resulta más complejo catalogar, podemos incluirlos dentro del colectivo del “progresismo”.

Hasta hace un tiempo a ambos sectores se nos podía ver reclamando y movilizados ante lo que considerábamos agresiones: en una misma vereda caminabamos reclamando porque el supuesto modelo de desarrollo no era justo ni social ni ambientalmente. Coincidíamos en la crítica y hasta oposición a emprendimientos como la minería a cielo abierto, las fumigaciones llevadas a cabo por el agronegocio o las instalaciones de pasteras en países vecinos que afectaban a las poblaciones limítrofes enclavadas en nuestro territorio.

Ese matrimonio hoy está en crisis. Algunos ya no se sienten cómodos. Se los puede postular como “progresismo desarrollista” y ya no le parece tan grave las consecuencias ambientales que generan ciertas actividades económicas en post de la necesidad en producir inversiones que generen empleo y las divisas que nuestro país necesita.

Esta posición se da de bruces con aquellos que siguen (seguimos) preocupados por el daño que se genera en el ambiente y en la salud de los que en ese territorio habitan y que, además, reclaman (reclamamos) que los beneficios económicos no resultan equitativos.

Semejante dualidad ha traído una lamentable y novedosa grieta dentro de sectores políticos y sociales que, hasta hace un tiempo, eran compañeros coincidentes de militancia e ideales.

TOPADORAS

CRISIS AMBIENTAL Y SOCIAL

La siempre lúcida socióloga Maristela Svampa cataloga estos momentos como de crisis civilizatoria que amenaza con la extinción del ser humano. Ella y otros investigadores catalogan esta nueva era como la del antropoceno en la cual acción del hombre tiene impactos globales, sin precedentes, que ponen en peligro la vida.

Una crisis que es social y también ambiental.

Sequías e inundaciones inéditas, calor agobiante, incendios forestales, frio que se lleva la vida de muchos, temblores telúricos, actividad de volcanes forman parte del menú informativo diario. Son demostraciones palpables de un sufrimiento planetario que amenaza con la generación permanente de catástrofes.

Y aunque las demostraciones son palpables se demoniza a aquellos que, amparados en un presente que como nunca muestra una crisis ambiental casi terminal, plantean un “barajar y dar de nuevo” para no llegar, como lo dicen algunos científicos, a una etapa de destrucción masiva.

No se trata de una predicción apocalíptica sin fundamento, el reconocido científico británico Sir David Attenborough advirtió que la humanidad se enfrenta a una sexta extinción masiva como consecuencia del extractivismo voraz que sufre nuestro planeta.

Attenborough es reconocido por sus exitosos documentales que muestra la diversidad existente y afirma que, de no cambiar, “la catástrofe será inconmensurablemente más destructiva que Chernobyl”

No es el único preocupado por lo que se vive y por lo que puede venir. Un equipo de prestigiosos y reconocidos científicos dirigido por Johan Rockstrom y Will Steffen han identificado nueve episodios críticos, ellos son: “cambio climático, uso de fertilizantes, conversión de tierras, pérdida de biodiversidad, contaminación del aire, agotamiento de la capa de ozono, acidificación de los océanos, contaminación química y extracciones de agua dulce”.

Son aseveraciones que provienen del campo científico y que debieran ser consideradas, de la misma manera que lo hacen centenares de investigadores y académicos de nuestro país y continente que demuestran lo suicida que resultan estos modelos de producción.

En nuestro país, bajo el pretexto de la necesidad de desarrollarnos o el de cumplir con compromisos contraídos con organismos financieros internacionales, se defienden explotaciones como el fracking en “Vaca Muerta” (que ha demostrado lo peligroso que puede llegar a ser), minería a cielo abierto, agricultura intensiva que deja un suelo absolutamente diezmado y/o explotación petrolera of shore, como la que se quiere llevar a cabo en nuestra costa atlántica.

Un debate necesario -pero no posible de incluir en este artículo- sería el de discutir donde quedan los recursos monetarios de estas explotaciones.  Sabido es que la riqueza extraída del subsuelo beneficia en su mayoría a multinacionales que dejan muy poco en nuestras arcas, ofrecen escasa –y precaria- mano de obra, y generan un pasivo ambiental descomunal en esas “zonas de sacrificio”

Sectores con discursos (y en ocasiones también con práctica) de defensa hacia los pueblos originarios parecieran desconocer que gran parte de estos emprendimientos atentan contra su existencia.  Igualmente sucede con los postulados de defensa de la soberanía: las concesiones realizadas en las últimas décadas merecerían la condena de muchos grupos que hoy aplauden la concreción de estos emprendimientos.

Falso es que quienes generamos este debate lo hacemos sin proponer alternativas. Tan falaz como que formemos parte de un colectivo que se propone vivir sin comodidades o como lo hacían nuestros abuelos.  El tema a discutir – al menos con aquellos que pretendan hacerlo desde posiciones éticas y no dogmáticas- es que tipo de explotación de nuestros recursos naturales pretendemos y fundamentalmente quién, cómo y para que las hace., sumados a la necesidad de entender que la naturaleza también es un sujeto de derecho.

A la hora de hablar sobre extracción de recursos naturales o producciones intensivas vale la pena interrogarse: ¿Quién ejecutará esas intervenciones?, como lo harán?, ¿cuáles serán los impactos?, ¿quiénes y qué tipo de estudios de impacto ambiental son necesarios, como se distribuirán los beneficios?, serán solo para pagar una deuda externa ilegítima o para mejorar condiciones de vida de nuestras poblaciones?

EL PASADO CONTUNDENTE

Las preguntas planteadas tienen un acercamiento de respuesta en nuestra historia reciente. Hace 40 años que afirman que, con este modelo de producción extractivista entramos por la puerta grande del desarrollo y el bienestar, sin embargo, los duros números dicen lo contario.

Más allá que los métodos utilizados por el INDEC no siempre fueron los mismos, un irrespetuoso recorrido por sus mediciones muestra que la pobreza e indigencia en nuestro país, en las últimas cuatro décadas y con este mismo modelo de producción, han crecido.

En los albores de la democracia, en los 80 bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, los argentinos que vivían en condiciones de pobreza oscilaron entre un 14% (en el momento de mayor baja) y el 20%, llegando al 38% apenas dos meses después de la asunción de Carlos Menem, quien, en su primera presidencia, logró bajar estos índices hasta el 22% pero volvió a aumentar afines de su mandato llegando a un 27%.

En 1992 la pobreza alcanzó el 30% y en 1999 era cercana al 40%. Durante la Presidencia de De la Rúa la pobreza aumentó nuevamente: llegando al 46%, para trepar, después de la mega crisis del año 2001, al terrible y escandaloso guarismo del 66%.

En el gobierno de Kirchner se logró bajar este indicador, llevándolo en el año 2007, a casi el 37%. No existen datos oficiales desde el año 2013 hasta el 2016. Aún así, según el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, el primer mandato de Cristina Fernandez de Kirchner bajó el índice hasta el 28%, pero en su segundo mandato alcanzó el 30%.

Con el Macrismo los pobres en nuestro país superaron el 35%, y, pandemia mediante, hoy en la Argentina el 44% de la población es pobre.

Los datos son contrastables y demuestran que en la etapa de mayor extractivismo y explotación de los recursos naturales en nuestro paìs, con diferentes partidos políticos en el poder, la realidad social –lejos de mejorar- ha empeorado contundentemente. Este solo dato alcanzaría a las mentes críticas para  invitarse a pensar si no es hora de probar con otro modelo ya que, está claro, el extractivismo (hijo profundo y legítimo del capitalismo) no ha dado resultados , por el contrario generó una población y un estado pobres.

TOPADORAS EN EL CHACO

EXTRACTIVISMO

Según el diccionario del agro iberoamericano, el extractivismo es “…la explotación de grandes volúmenes de recursos naturales, que se exportan como commodities y generan economías de enclave (localizadas, como pozos petroleros o minas, o espacialmente extendidas, como el monocultivo de soja o palma). Requiere grandes inversiones de capital intensivas, generalmente de corporaciones transnacionales. Presenta una dinámica de ocupación intensiva del territorio, generando el desplazamiento de otras formas de producción (economías locales/regionales) con impactos negativos para el ambiente y las formas de vida de poblaciones locales.”

Si bien no puede decirse que se trate de una práctica novedosa, pues se viene realizando desde el origen de la humanidad y se ha profundizado en determinados períodos históricos (siempre ligados al capitalismo exacerbado  y a los procesos de colonización) , en estas últimas décadas además, ha destruido ecosistemas y ha profundizado lazos de dependencia económica y social.

Hoy de manera exponencial se ha profundizado un modelo que viene de antaño que nos coloca a los latinoamericanos solo como proveedores de materias primas y, lo que es peor, como dispensadores de comodities a partir de técnicas tan agresivas que generan graves problemas sanitarios en los territorios y en los cuerpos. Es lo que se ha denominado, cínicamente, como “zonas de sacrificio”: territorios que –siempre desde afuera de el- se los condena a ser agraviados y agredidos sistemática y cruelmente.

Eufemismo utilizado, además, para no consentir que se trata de cuerpos, existencias, vidas que son condenadas a la enfermedad y a la muerte.

No se trata de una afirmación exagerada. Numerosos estudios demuestran que en zonas donde se llevan a cabo emprendimientos como la minería a cielo abierto o la agricultura intensiva, solo por nombrar algunas de ellas, enfermedades como leucemias, cánceres, problemas respiratorios o en la piel son sufridas en los habitantes de estas “zonas de sacrificio”, de manera exponencial y en algunos casos ha quintuplicando pesares a los cuerpos que  habitan en otros rincones del país

No se trata de una casualidad, sino de una causalidad porque como se ha dicho ya tantas veces no existen cuerpos sanos en un ambiente enfermo.

HORA DECISIVA

Para el progresismo es este un momento histórico clave y decisivo. Lo peor que puede suceder es que –una vez más- confundamos al enemigo. Este es un sector fácilmente identificable ya que está en guerra con la naturaleza y la vida misma y, se sabe, es tan cruel como poderoso.

Las tomas de decisiones son colectivas y –por sobre todas las cosas- posibles. Las Asambleas ciudadanas de Chubut, Esquel, Famatina, Mendoza y tantas otras más nos demuestran que lo imprescindible de la hora es la búsqueda de un nuevo modelo que tenga a la naturaleza y a la humanidad en el centro.

*Artículo publicado con autorización del Autor

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