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Auge y ocaso del mago de la lluvia

Mientras el cine nacional propicia comedias simplonas como "Granizo", el autor de esta crónica rescata la historia de un personaje argentino también vinculado a las lluvias, pero que no está en Netflix.

Cultura - Historia 25 de abril de 2022 Daniel Rafalovich*
PARAGUAS
Una historia que parece ficción, pero que ocurrió en el mundo real

RAFA 1Escribe Daniel Rafalovich*

Juan Baigorri Velar nació en Concepción del Urugauy en 1891. Hijo de un militar, al ser trasladado su padre a la Capital Juan fue con él, estudió en el prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires, luego viajó a Italia donde se recibió de ingeniero y se especializó en Geofísica en la Universidad de Milán.

Recorrió muchos países de distintos continentes trabajando para varias compañías de combustible: su trabajo consistía en el estudio de la composición de suelos, generalmente con vistas a una posible exploración petrolera. En 1929 fue convocado por Enrique Mosconi para ser parte de la recién creada YPF. En Italia había construido aparatos para detectar minerales y conocer la condición electromagnética de los suelos. En una breve misión realizada en Argentina en 1937 dijo haber descubierto el legendario “Mesón de Fierro”, un gigantesco meteorito aparentemente ubicado entre el Chaco Austral y el Chaco Santiagueño, que habría sido parte de la lluvia de meteoritos, algunos de los cuales pueden observarse en las cercanías de la localidad chaqueña adecuadamente llamada Campo del Cielo.

Baigorri se presentó ante las autoridades del entonces Territorio Nacional del Chaco reclamando un premio que fuera ofrecido allá por 1873 a quien descubriese el “Mesón de Fierro”. Las autoridades, luego de algunas deliberaciones, decidieron derogar el decreto que establecía el premio y Baigorri quedó con las manos vacías. Pero el ingeniero se vengó: volvió a la zona donde habría descubierto, enterrado, el gigante celestial y dijo “luego de haber extendido encima una capa de un material aislante que impide su búsqueda con aparatos creados para tal fin, lo volví a cubrir con tierra”.

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Pero sería unos años más tarde cuando el ingeniero alcanzó la celebridad. Según lo contó al diario Crítica: “En 1926, mientras trabajaba en Bolivia en la búsqueda de minerales utilizando un aparato de mi invención, noté algo curioso. Cuando conectaba el mecanismo y éste se ponía en funcionamiento, se producían lluvias ligeras que me impedían trabajar. Me llamó la atención el fenómeno y consideré que esas pequeñas lluvias podrían ser originadas por la congestión electromagnética que la irradiación de mi máquina producía en la atmósfera”. Luego llevó el aparato a su casa de Caballito donde “Modifiqué la constitución y potencia del mecanismo, combiné metales radioactivos y reforcé el poder de las sustancias químicas”.

Durante 12 años y de incógnito recorrió diversas localidades argentinas y de las fronteras con Uruguay y Brasil hasta convencerse de que las lluvias que los pobladores atribuían a la naturaleza eran provocadas por su aparato: éste consistía en una caja cuyo tamaño equivalía a un televisor de 14 pulgadas, una batería eléctrica y dos antenas que orientaban las emisiones electromagnéticas que, supuestamente, desencadenaban la “congestión atmosférica” y la lluvia. La caja contenía, según Baigorri, “una combinación de metales radioactivos fortificados por el aditamento de sustancias químicas” y las antenas, de polo positivo y negativo enviaban al cielo las emisiones de los metales de la caja misteriosa.

La primera prueba pública fue realizada en Santiago del Estero en noviembre de 1938. Convocado por el director del Ferrocarril Central Argentino a la localidad de Pinto, azotada por una sequía de tres años. Cuando Baigorri conectó su aparato inmediatamente el tórrido viento norte rotó hacia el este, el cielo se cubrió de nubes y horas después cayó un chaparrón que cesó cuando el ingeniero apagó su “máquina”. Al mes siguiente, convocado por el gobernador santiagueño y portando su máquina “reforzada con nuevos elementos” se descargaron sobre el territorio 60mm de agua.

Baigorri fue recibido triunfalmente a su regreso a Buenos Aires al punto que un ingeniero norteamericano se comunicó con él para “comprarle la patente” a lo que respondió, ofendido: “soy argentino y quiero que mi invento beneficie a mi país”. Debemos decir que la máquina nunca fue patentada porque Baigorri quería mantener su secreto. El escepticismo de la comunidad científica hizo eclosión muy poco después cuando el titular de la Dirección de Meteorología desacreditó al “Júpiter moderno” (como ya lo llamaba la prensa).

LA GENTE FRENTE A LA CASA
La gente reunida frente a su casa de Villa Luro - Foto diarios de la época

Baigorri lo desafió: “Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalo una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”, vaticinó en el diario Crítica el 27 de diciembre de 1938. La expectativa de la población era absoluta: algunos vecinos le rogaban al ingeniero que gradúe su aparato para que no llueva la noche de fin de año. Tensión, suspenso… en la madrugada del 3 cayó una llovizna que pronto se convirtió en chaparrón con características de temporal. Al día siguiente una multitud se congregó en la esquina del barrio de Villa Luro donde vivía Baigorri cantando: “Que llueva, que llueva / Baigorri está en la cueva / enchufa el aparato / y llueve a cada rato”.

En éste, su momento de gloria, el ingeniero fue convocado a Carhué, que sufría una gran sequía que había secado el Lago Epecuén. A los pocos días se desató una tormenta de 48 horas que hizo desbordar el espejo de agua. Luego de semejante incremento en su popularidad Baigorri volvió a su trabajo anterior de estudioso de los suelos.

TÍTLO DE CRITICA
Portada del diario Crítica - Lunes 2 de enero de 1939

Recién a fines de 1951 fue convocado por Raúl Mendé, alto funcionario del gobierno peronista, para que “hiciera llover” en zonas que lo necesitaban: Caucete (San Juan), La Pampa y la zona del Dique San Roque en Córdoba conocieron de sus prodigios. Pero al tiempo lo dejaron de convocar: el “secretismo” de Baigorri, su negativa a patentar su invención y a revelar el secreto que escondía su máquina lo colocaron en conflicto con el mundo científico. Y la población ya no mostraba el interés de antes. Baigorri alegaba que su invento era “como una caja de Pandora: si se abre la caja, se podrían desencadenar tempestades por la mezcla de las sustancias radioactiva”.

Y así el “mago de Villa Luro”, como también lo apodaron fue quedando en el olvido. Recién a fines de los años ’60 el conductor de televisión Pipo Mancera lo entrevistó en sus “Sábados Circulares” y despertó cierta curiosidad entre quienes no lo conocían: Baigorri había abandonado su máquina y dejó de hacer demostraciones públicas.

Aparentemente destruyó los planos de su máquina, de la cual se ignora el paradero. Probablemente haya sido vendida como chatarra, ya que nuestro inventor falleció en 1972 en un estado cercano a la pobreza y su casa de Villa Luro no existe más.

El día de su entierro cayó un abundante aguacero.

*Daniel Rafalovich, coordina el sitio Metapoesía / Columnista de HORACERO

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