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Breve semblanza de Leopoldo Marechal, el poeta depuesto.

La historia de un escritor que luego del derrocamiento del gobierno peronista en 1955, sufre proscripiones y comienza a autodenominarse “el poeta depuesto”.

Cultura - Literatura 06 de junio de 2022 Daniel Rafalovich*
LEOPOLDO
Leopoldo Marechal, el autor de "Adán Buenosayres"

RAFA 1Escribe Daniel Rafalovich*

Leopoldo Marechal nació el 11 de junio de 1900 en la ciudad de Buenos Aires. Su padre fue Alberto Marechal, uruguayo de ascendencia francesa. Su madre, Lorenza Beloqui, argentina de ascendencia vasca.

A los 12 años escribió sus primeros poemas. A los 13 ingresó como obrero a una fábrica de cortinas de la que fue despedido por promover protestas contra las condiciones laborales y por mejora de salarios. En su niñez y primera juventud solía pasar sus vacaciones en Maipú (provincia de Buenos Aires). Allí se consustanció con el mundo de la ruralidad y conoció  a diversos personajes a quienes dedicaría muchos de sus poemas.

Hay que decir que, en el país opulento “del ganado y de las mieses”, para Marechal el campo era parte de la patria no desde una perspectiva paisajística, sino por el esfuerzo de los hombres y mujeres que lo trabajaban. Los pibes de Maipú apodaron a Leopoldo “Buenos Aires” por su porteñidad y mucho más adelante él adoptaría ese “apellido” para su Adán.

Entró a estudiar magisterio en 1916 en el colegio Mariano Acosta, de donde egresó en 1919. Luego, mientras daba clases en escuelas primarias, se recibió de bibliotecario y de profesor de enseñanza secundaria, trabajos que ejerció con continuidad en las décadas siguientes.

En los años ’20 formó parte del grupo Florida, que nucleaba a escritores  y pintores influenciados por las corrientes de vanguardia provenientes de Europa. Entre ellos podemos mencionar a Borges, Macedonio Fernández, Xul Solar, Oliverio Girondo, Norah Lange y Pedro Fígari. Sus primeros libros de poemas oscilan entre lo clásico y la vanguardia. La mayoría de sus libros editados entre los años ’30 y los primeros ’40 merecieron premios municipales y nacionales.

En 1934 Marechal se casó con María Zoraida Barreiro, con quien tuvo a sus hijas María de los Ángeles y María Magdalena. María Zoraida falleció en 1947.

La mañana del 17 de octubre de 1945 marcaría un antes y un después en la vida de Leopoldo, en sus propias palabras: “Era muy de mañana, y yo acababa de ponerle a mi mujer una inyección de morfina (sus dolores lo hacían necesario cada tres horas). El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. Mi domicilio era este mismo departamento de calle Rivadavia. De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia, el rumor fue creciendo y agigantándose hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra:
 
«Yo te daré te daré, Patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P, Perooón». Y aquel «Perón» resonaba periódicamente como un cañonazo. Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí, y amé los miles de rostros que la integraban no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina «invisible» que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista”.

Esa temprana adhesión al naciente peronismo le provocó el rechazo de la mayoría de los miembros del círculo intelectual que frecuentaba y no aparecer en la revista “Sur”, que editaba Victoria Ocampo. Pero no lo hicieron abdicar de su opción política.

Por el contrario, Marechal reafirmó su identidad: “Ante la manifestación popular del 17 de octubre de 1945, alguien la definió torpemente como un “aluvión zoológico”. Ciertamente, lo que allí se manifestaba era un aluvión, pero un “aluvión étnico”, integrado por criollos que, a fuerza de ser pobres consuetudinarios, no habían tenido nunca ni siquiera la posibilidad de corromperse, e integrado por los hijos y nietos de aquellas migraciones europeas que afluyeron masivamente al país desde la segunda mitad del siglo pasado”.

En 1948 apareció su primera novela: “Adán Buenosayres”, cuya escritura le demandó 18 años. Allí Adán recorre la ciudad en compañía de sus compañeros de viaje, un viaje entre onírico y mitológico con fuerte anclaje en la realidad. Éstos son personajes reales apenas escondidos tras nombres inventados: Pereda es Jorge Luis Borges, Samuel Tesler es Jacobo Fijman, Schultze es Xul Solar, el petiso Bernini es Raúl Scalabrini Ortiz.

LIBRO
Portada de la primera edición de Adán Buenosayres

La monumental novela, llena de humor y de referencias en clave a La Divina Comedia es hoy considerada un clásico, pero en el momento de su aparición fue soberanamente ignorada por la élite literaria con las excepciones de Julio Cortázar y el poeta Rafael Squirru, que la comentaron elogiosamente.

Tiempo después del fallecimiento de su primera esposa Marechal comienza la relación con Elbia Rosbaco, la “Elbiamor” de numerosos de sus textos y a quien le dedicó su maravilloso y extenso poema “Didáctica de la alegría”. Elbiamor fue su compañera hasta la muerte del poeta.

Durante el primer peronismo Marechal ocupó los cargos de Director General de Cultura y luego de Enseñanza Artística, y escribió varias piezas de teatro entre las que se destaca Antígona Vélez.

Tras la autodenominada “revolución libertadora” que derrocó al peronismo en septiembre de 1955, Marechal sufre el destino de miles de argentinos: la virtual proscripción, el silencio, la prohibición. Comienza a autodenominarse “el poeta depuesto”.

En la casa de los Marechal-Rosbaco se realizaron varias de las reuniones con el intento fallido de restauración peronista encabezado por los Generales Valle y Tanco y que culminarían con decenas de fusilamientos de militares y civiles, de los que daría testimonio Rodolfo Walsh en su Operación Masacre.

La pareja se exilia temporariamente en Chile y a su regreso se recluyen en su casa. En esos años de reclusión doméstica, muy pocas eran las visitas que recibían: José María Castiñeira de Dios, Bernardo Verbitsky y, en los años 60, los escritores nucleados alrededor de la revista El Escarabajo de Oro –Abelardo Castillo, Liliana Heker, Vicente Battista y Sylvia Iparraguirre, entre otros–. En esos años sobrevivieron de los ingresos de Elbia como docente y de él como colaborador en la confección de una enciclopedia.

Hacia 1963 comienza a escribir El banquete de Severo Arcángelo, su segunda novela, editada en 1965. Una especie de parábola religiosa en el sentido amplio de la palabra con una fuerte carga política que implica un llamado a la acción colectiva.

En 1966 aparece una suerte de ensayo filosófico llamado Autopsia de Creso, en el que disecciona el espíritu burgués.

En 1967 es invitado a Cuba para ser jurado del premio que otorga la Casa de las Américas. Los otros jueces son José Lezama Lima, Cortázar, Juan Marsé y Mario Monteforte. Su experiencia en la isla lo conmueve profundamente y a su regreso cuenta: “Cuba, en su bloqueo, necesita mostrar lo que hizo en ocho años de revolución; porque sabe que el mejor alegato en favor de la revolución cubana es Cuba misma. Esos trajines y contactos me han permitido conocer a la gente de pueblo en su intimidad.

El pueblo cubano es de la más pura fibra española (casi andaluza, yo diría), entretejida con más que abundantes hebras africanas, que le añaden una soltura de ritmos y una sensibilidad en lo mágico, por la cual ha de convertir en "rituales" casi todos sus gestos, desde un baile folklórico a una revolución. Libre ya de opresiones de "factoría" —y de sus "mimesis" consiguientes—, reintegrado a su natural esencia, el hombre cubano es un ser extrovertido y alegre, con imaginación creadora y voluntad para los combates necesarios, incapaz de resentimientos, fácil a los olvidos, propenso al diálogo y a la autocrítica.

Todo esto deberán tener muy en cuenta los que intenten alargar un brazo amenazador sobre la tierra de Martí; porque no es difícil advertir allá que si el cubano entona pacíficamente una copla en la Bodeguita del Medio, o baila displicentemente una guaracha en El Rancho, de Santiago, tiene siempre en una mano el machete de cortar caña de azúcar y en la otra la culata invisible de una metralleta”.

MARECHAL LIBROS

Leopoldo Marechal muere el 26 de junio de 1970. Ese mismo año se edita su novela póstuma y más claramente política: Megafón o la guerra, donde se describen las batallas “celeste y terrestre” del hombre. En su Rapsodia VI hace una evocación del General Valle y se recuerda a Evita. Y dice, como legado: “Yo, en tu lugar, buscaría en el pueblo la vieja sustancia del héroe. Muchacho, el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria”.

*Daniel Rafalovich dirige el portal Metapoesía / Columnista de HoraCero

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