HoraCero

MAYO 24, 1973, 22 HORAS, un poema de Daniel Rafalovich

Los primeros carteles en la Plaza presagiando nuevos tiempos. La tele blanco y negro, una vigilia interminable de ponchos, pancartas y consignas... y el cielo tan cercano.

Cultura - Literatura 25 de octubre de 2022 Daniel Rafalovich*
LUCHAS
"una vigilia interminable... y el cielo tan cercano" (fragmento del poema)

DANIEL RAFALOVICH

MAYO 24, 1973, 22 HORAS

Recuerdo algunas voces, vagamente,
superponiéndose al ruido de los años.
Los primeros carteles en la Plaza
presagiando nuevos tiempos.
La tele blanco y negro,
una vigilia interminable de ponchos,
pancartas y consignas.
Esa noche de mayo en la casa de Martita
(con Clarita, Ricardo, la tía Olga, la tía Tota)
refugio de reuniones, volantes, tizones
con el recuerdo cercano, encendido,
de Trelew.
Preparándonos para recorrer la ciudad
al otro día, muy temprano.
Pero esa noche
frente a la tele
con la piel de gallina
casi sin palabras:
las miradas que todo lo decían.
Nuestros pocos años, catorce, quince,
y el cielo tan cercano.
Ya nunca más deberíamos escribir en las paredes
“Luche y vuelve”, “Chau milicos”.
Ni quedarnos en la esquina de campana
simulando un romance con Norma, la formoseña,
por si algún Jeep de la cana merodeaba.
Ya había pasado el tiempo de las piedras,
de llegar e irnos de a uno por vez de las casas
donde debatíamos documentos sobre la guerra popular:
Perón, Fanon, Cooke, Hernández Arregui.
Ya terminaba esa espera.
De los “dieciocho años de lucha”
sólo habíamos vivido uno o dos
y ya estábamos a un paso.
Y las voces aún resuenan. Creo oírlas.
Las vibrantes discusiones con los otros compañeros,
los que “no entendían al pueblo peronista”.
Compañeros entrañables: Carlitos, Estela, Lili, Gustavo.
El futuro estaba ahí, sentado con nosotros,
en los viejos sillones de la casa de Martita.
Estaba por llegar, literalmente, un nuevo día.
Un nuevo día: Berto, Cecilia, Publio, María, Negro, Susy, Maggie,
ya el cielo estaba ahí
para quedarse.
Ahora sí, todo sería distinto.
Las sonrisas, la afonía, los abrazos,
los pies cansados de marchar por la ciudad.
Las despedidas.
Sin saberlo, sin presentirlo.
Las despedidas.
 

*El autor es coordinador del sitio Metapoesía y columnista de HoraCero

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