El capitalismo es el seguro del femicidio

Opinión 27 de enero de 2019 Por
El autor de esta nota también se refiere al femicidio ocurrido en la ciudad de Esperanza y en general a todas las violencias hacia la mujer en el contexto de sociedades capitalistas en donde la propiedad privada tiene más prédica que los derechos humanos.
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La publicidad sexista utiliza a la mujer como objeto de consumo

turcoPor Antonio Miguel Yapur *

SYLOCK: Venid a casa de un escribano, donde firmaréis un recibo prometiendo que si para tal día no habéis pagado, entregaréis en cambio una libra justa de vuestra carne, cortada por mí del sitio de vuestro cuerpo que mejor me pareciere. (El mercader de Venecia, William Shakespeare).

Los femicidios son una expresión emergente de una sociedad dominada por la explotación de seres humanos por otros seres humanos. Este ejercicio de violencia es una de las revelaciones más íntimas del acopio de riquezas en manos de unos pocos.

Hoy día es el neoliberalismo la forma de este capitalismo salvaje que para cimentarse necesita romper el tejido social, aislar al ser humano, crear las condiciones de consenso al sometimiento y así seleccionar individuos que ejerzan violencia para asegurar sus perspectivas de sociedad.

A través de la historia, la construcción de humanos violentos fue una necesidad para poder sostener la acumulación de riquezas por parte de una minoría selecta. En la actualidad esa arquitectura tiene etapas y procesos, uno de ellos es el de elaborar sentidos comunes en el seno de las sociedades para habilitar consensos, valores de verdad y acciones de violencia en sus diferentes formas y ahí las empresas multimediales se ocupan de amasar el barro para esa manipulación ideológica.

De las múltiples expresiones de violencia a los individuos, la física es una de ellas, quizás la más visible pero no la única o bien podríamos decir que es la culminación de toda una elaboración previa de otras formas de violencia como la simbólica, económica, étnica, xenofóbica, racial, etcétera y para reducirla, la suelen presentar como si fueran actos individuales. Es así como los femicidios aparecen como el hombre aislado que mata a una mujer aislada y no lo analizan como consecuencia del desenlace de la vida cotidiana en el seno de una sociedad capitalista violenta donde la propiedad privada tiene más predica que los derechos humanos.

Por otra parte, a las manifestaciones de mujeres que reclaman por sus derechos, a los cortes de calle o rutas, a las huelgas, a las tomas de fábrica, a ellas sí la muestran como formas de violencia colectiva. Y eso es mentira. El reclamo y la lucha colectiva no son hechos de violencia y sí lo son de resistencia y por eso el poder las quiere hacer creer como violentas. Esa es otra construcción del sentido común neoliberal.

Cuando un grupo de asalariados ocupan una fuente de trabajo, ya sea porque el patrón o dueño declaró su quiebra o produjo el despido de esos trabajadores, la reacción de ellos es ante esa violencia del patrón, del empresario que está convencido en que la fábrica es su propiedad privada y entonces puede disponer no solo de los bienes materiales sino también del futuro y de la vida de los trabajadores, que antes le han producido pingües ganancias. Es otro ejercicio de la predominancia de la propiedad privada por encima de los derechos humanos.
En este marco, la mujer fue reducida históricamente al exclusivo rol de esclava de los designios de un hombre erigido como productor, proveedor, defensor y esclavo del sistema expoliador, eso que culturalmente se instaló como sentido común a lo largo de la historia, que aún persiste.

En las distintas crisis del capitalismo, a la mujer se le asignaron diferentes roles para incluirla como objeto consumidor y productor de ganancias. Mientras la mujer se someta y acepte está todo en armonía. El conflicto se presenta cuando lucha por sus derechos y más aún cuando ellas protagonizan las luchas de la diversidad de la vida humana. En definitiva cuando la mujer juega un papel político activo y revolucionario en el desarrollo de la sociedad.

Lorena Cabnal, activista guatemalteca le expresa al periódico AmecoPress, que "como mujer indígena, feminista comunitaria, me parece que uno de los efectos estructurales del patriarcado, como sistema de dominación, tiene que ver con cómo se gesta un sistema de dominación capitalista que se basa en la expropiación territorial. El sistema patriarcal es milenario, es el fundante de todas las opresiones, por tanto, el capitalismo es patriarcal, una fase de este capitalismo es el neoliberalismo, que se constituye en una política de expolio y riesgo para los cuerpos de las mujeres".

Y es esencial también lo que manifiesta Julia Monárez en el mismo reportaje. Monárez es referente en México sobre la conceptualización del asesinato sistemático de mujeres a manos de hombres y lo señala como un fenómeno extendido en América Latina y dice esto:

“Hay diferencias en la forma en las que se presenta el capitalismo en los diferentes espacios. Yo hablo desde la posición de una mexicana transfronteriza de Ciudad Juárez. Cada crisis económica es producto de una acumulación de capital y de una acumulación de mano de obra desempleada y explotada. En este sentido, para mí el vivir en una ciudad con un proceso de industrialización transfronterizo ha hecho que lleguen las multinacionales, que ahora no responden a intereses de países en particular, sino a sus intereses, pero, contradictoriamente, representan a los países, que subordinan y explotan a las poblaciones. Pero esta explotación siempre tiene una marca de género. Si hay unos cuerpos explotados económicamente, hay unos cuerpos de las mujeres abusados sexualmente. El capitalismo viene y explota pero hace uso de las discriminaciones que hemos tenido a lo largo de años de colonialismo”.

Es aquí donde intento contextualizar el femicidio ocurrido en Esperanza como parte de esta realidad junto a la de otros pueblos y ciudades. Esperanza es una ex colonia agrícola y en la actualidad es uno de los centros donde se concentran los pools de siembra. Otrora, aquí mismo se fundaron cooperativas de productores lácteos que fueron vendidas a empresas multinacionales. De empresas lácteas, antes manejadas por cooperativas hoy son empresas monopólicas multinacionales. Antes de elaborar productos lácteos para la alimentación humana, producen commodities exportables.

El efecto de esta transformación en las diversas producciones agropecuarias ha traído la casi desaparición del productor del campo, de sus peones y sus baqueanos, los propietarios de las tierras ahora son dueños de un desierto verde alquilado a los mercaderes de cultivos exportables y recibidores de un porcentaje de la renta agropecuaria. Esa misma sociedad aún está liderada por los cánones medievales del patriarcado inquisitorio, el hombre es el proveedor familiar y se arroga el dominio sobre la vida y propiedad, no sólo de las mujeres sino de toda la familia y vínculos que influencian.

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Observen la gráfica de arriba, lean con detenimiento el sentido de una publicidad que explicita la violencia hacia la mujer por parte del hombre, y a su vez obliga que quien tiene que evitar ese echo de violencia hacia ella es la misma mujer comprando un producto que la va a “ayudar” a no ser violentada. Evidencia la construcción política de ejercer el abuso sobre la mujer para someterla.

Por ello es necesario analizar a los femicidios como hechos políticos, no casuales, ni aislados. En Esperanza a Agustina la mató un hombre. Es ese hombre que cree que la mujer es su propiedad privada. Y las relaciones sociales anquilosadas del lugar, crearon las condiciones objetivas y subjetivas para que actúe ese hombre.
Es el que piensa a la sociedad como un feudo privado. Es el que siembra soja para cosechar dólares, consiente a las producciones industriales aunque su contaminación elimine a otros seres vivientes. Es el humano capitalista que pregona que hay que dominar a la naturaleza y que la tecnología debe estar al servicio de esa distopía. El asesinato de mujeres es esa muestra de poder.

Es el humano neoliberal que contamina y luego consume la cura de las farmacéuticas para poder seguir contaminando, porque las farmacéuticas lo necesitan enfermo pero vivo.

Es el humano neoliberal que no entiende al ser humano como un sujeto parte de una sociedad equitativa, él se limita a ampliar con libre albedrío su propiedad privada y lo hace a pesar del otro.

Es el humano neoliberal que habla de desechar lo que ya no le sirve, aunque ese desecho sea otro humano. Para él, matar a una mujer es parte de ese desecho.

No debemos olvidar que el humano neoliberal argentino produjo el primer femicidio de una bebé en Jujuy con la participación activa del Estado en su máxima autoridad política, el gobernador de esa provincia caracterizó ese crimen como un daño colateral. Tal como si fuese un daño de su guerra capitalista.

*Ingeniero, ex Docente Universitario, Escritor.