Seguridad para el colectivo

Opinión 23 de junio de 2019 Por
Si recogemos algunas de las opiniones en la calle o en el barrio sobre inseguridad, las más persistentes son las que afirman que es la policía quien tiene que garantizar la seguridad pero van acompañadas con improperios y acusaciones al cuerpo represivo adjudicándole complicidad con los “chorros”.
INSEGURIDAD - HoraCero
La cuestión de la seguridad o inseguridad

turcoPor Antonio Miguel Yapur*

En estos últimos días se produjo un auge inusual en el tratamiento de la seguridad o de la inseguridad según el punto de vista con que se lo encare.

El rasgo común fue vapulear mediáticamente y por propaganda callejera consignas que manipulaban el miedo social para estimular la sensación de inseguridad. Al revisar las opiniones de encumbrados dirigentes políticos y partidarios sobre cómo entienden que hay que resolver este problema de “inseguridad” algunos responden con consignas como “Ahora la paz y el orden” y otros revolean esposas por los aires como amenaza celestial desde el púlpito del templo mediático.

En tanto si recogemos algunas de las opiniones en la calle o en el barrio sobre inseguridad, las más persistentes son las que afirman que es la policía quien tiene que garantizar la seguridad pero van acompañadas con improperios y acusaciones al cuerpo represivo adjudicándole complicidad con los “chorros”.

Quizás sea conveniente preguntarnos qué es sentirse seguro y puedo conjeturar algunos imaginarios y a veces no tanto.

Para algunos, es el andar por los espacios públicos y hacerlo sin riesgos de ser atacados por otros o estar en sus casas sin que sean agredidos o que al llegar a sus hogares no se encuentren con que el mismo fue violado y robado.

Pero para otros, estar seguros es poseer y hasta portar armas para defenderse de los ladrones, asaltadores y otros agresores. Son creyentes en que el arma les proporciona la posibilidad de usarla en el momento adecuado disparando varios tiros al agresor, si es posible matarlo y si es de muchos balazos, mejor.

Existen los que necesitan circular en automóviles con vidrios tan polarizados que ni ellos mismos se pueden identificar, lo ven como una manera de andar de incógnito y de ocultarse del posible atacante. A su vez tendrían garantizada la impunidad para agredir sin ser identificados.

Algunos ven necesario que sus casas estén monitoreadas por empresas cuyas virtudes y eficiencias son solo conocidas por los anuncios de una convincente publicidad que las transforman en deidades de la seguridad. Estos sujetos son fervorosos practicantes de esa fábula virtual y por unos pesos sus casas, sus familias y sus vidas serán preservadas por esos extraños desconocidos.

Se podrían detallar infinidades de estos modelos de seguridad personal. Debemos saber que son formas de pensar el problema de un sector de la sociedad que tienen algo que defender, un auto, una moto, una casa, un empleo, en definitiva un conjunto de bienes materiales que les configuran ese modo de pensar y sentir la vida, sea la propia o la que extienden al concepto hegemónico de familia.

Veamos otros modelos de vida. Intentaré describirlos pues seguramente son desconocidos para los individuos del modelo anterior y muchas veces hasta los perciben como una amenaza, un peligro.

En los barrios populares, excluidos de casi todo bienestar, muchos de sus habitantes conciben sus vidas y la naturalizan como un riesgo permanente de muerte. Su tiempo de vida lo dedican casi exclusivamente a la subsistencia, no tienen garantizado ni siquiera el alimento de cada día. Despiertan y salen a caminar para proveerse del incierto trozo de pan que apagaría su hambre, ni siquiera para todo el día, sino para el mero momento en que hallan algo de alimento. Lo beben o mastican en ese preciso momento.

Cuando parten de sus habitáculos (pues sí, porque la indignidad es tanta, que ni siquiera se puede nombrar al lugar donde duermen como casilla, pues no lo son), salen a caminar las calles con toda la familia porque esa es la manera de tener la posibilidad de alimentarse todos.

Y estaría casi claro que ellos perciben a los otros sectores sociales como enemigos por muchos motivos, entre ellos porque una buena porción de la población más “salvada” del sistema capitalista los ponen a ellos en el lugar de un enemigo. Son los ladrones, los negros de mierda, los vagos, los que alquilan niños para pedir limosna, los trapitos, los que “agreden” para limpiar el parabrisas y seguramente más.

Cuando necesitan atenderse en los hospitales públicos, son los que deben llegar al hospital o al centro de salud a las cuatro de la mañana, hacer cola bajo la lluvia, el frío o el calor, y con el riesgo que al llegar a la ventanilla de los turnos pueden encontrarse con la novedad de que ya se dieron todos para ese día. Y así vuelven al día siguiente, con idénticos riesgos e inseguridades.

Y si por una buenaventura logran ser atendidos, se pueden encontrar en la disyuntiva si quien lo está atendiendo es un profesional médico o un veterinario por la forma, el des-trato, el apuro con que está siendo “despachado”.

Y suele pasar que por lo general el “médico” está apurado por irse a atender “pacientes” en el consultorio o sanatorio privado. Una buena porción de los profesionales y de la estructura de salud no los identifican como seres humanos sino sólo como estoicos a los que tienen que despachar.

Es algo así como ir a lo del almacenero a comprar un kilo de pan.

No crean que esto es una excepción, no lo crean, sucede en otras instancias de la vida social capitalista, como en educación, en el transporte y en los templos religiosos. El lugar de los pobres y de los excluidos es el de un plato de comida en los comedores escolares, cuando les permiten ascender a un colectivo van hacinados como ganado y en los templos solo le confieren el rol de pedir la limosna con la que muchos “fieles” lavan sus culpas cotidianas o semanales.

Íntimamente;

Podrás decir ¿y qué tiene que ver todo esto con la seguridad?

Te entiendo que no lo puedas vincular con tu seguridad porque indudablemente te sentís perteneciente a ese sector social que necesita identificarse como especial, como salvado, como elegido, porque sos dócil al canon de obedecer y descalificar.

La seducción de obedecer al poderoso te diferencia del pobre y del excluido. El pertenecerle al poderoso tiene sus modalidades y en algunas de ellas seguramente te sentirás un ser especial.

Tu obediencia consiste en cuestiones sencillas, por ejemplo aceptar que tus trabajos deben ocupar más de la mitad del día en tu vida, que tu existencia posterior a él se limite a estar cansado y relajarte viendo televisión o atender los reclamos del celular. Te permiten consumir lo que te ordenan que es necesario para tu subsistencia y el sermón diario es para que odies al pobre porque es peligroso, es tu enemigo, él atenta contra tu categoría social. Por sobre todo que nunca te animes a creer y mucho menos pensar que podes cambiar el orden social y jamás te animes a creer que a ese sector pequeño y poderoso que te exige esa obediencia, vos alguna vez podrás tocarle el culo.

Nunca veas como tu enemigo al mas poderoso, nunca creas que el pobre es tu amigo y mucho menos tu par.

Así lograrás estar seguro.

Pero por las dudas sigas leyendo, te comento que hay otro paradigma de seguridad, de bienestar. Mirá se lo pregunté a Emiliana, una militante social de un club de Alto Verde, y me respondió así:

“Nosotros hablamos de barrios seguros...”

“Hoy sabemos que para que Alto Verde sea un barrio seguro, necesitamos las obras básicas, las obras prioritarias. No podemos pensar que vamos a vivir en forma segura con más armas y más control policial.”

“Pensamos que primero hay que cubrir las necesidades primarias de la vida, para cualquier vida y para eso necesitamos tener calles seguras que nos permitan salir a cualquier hora de nuestras casas, que las podamos caminar. Para que el barrio sea seguro tiene que ser caminable, tenemos que poder disfrutar el barrio, tenemos que tener espacios para la contención que permitan encontrarnos, disfrutar de los espacio públicos y estamos convencidos que desde la organización colectiva podemos construir imaginarios más sensibles que nos vinculen como personas y nos permitan otras posibilidades de vida, encontrar otros sentidos...”

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*Ingeniero - Ex Docente Universitario - Escritor - Nota: Alto Verde es un barrio del corredor de la costa de la Ciudad de Santa Fe.

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