Somos muchos, sólo parece que estamos solos

Literatura 09 de julio de 2019 Por
La principal derrota es la cultural, es la que nos hace creer que la lucha no vale la pena, que la esperanza debe desaparecer y que el mundo es único y destinado sólo para esos pocos que pretenden diseñarnos para sus intereses. Esta selección de cuentos es una simple desmentida a la impotencia y una invitación a continuar.
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Selección de cuentos latinoamericanos

Estos cuentos cortos son un medio para reflejar que es aparente la soledad que nos quieren imponer. Son solo mentiras a las que pretenden someternos para abatir nuestros ideales. La principal derrota es la cultural, es la que nos hace creer que la lucha no vale la pena, que la esperanza debe desaparecer y que el mundo es único y destinado sólo para esos pocos que pretenden diseñarnos para sus intereses.

Estos cuentos son una simple desmentida a la impotencia y es el mero impulso a que lo imposible es lo que vale la pena lograr.

LATINOAMERICA 1
Y AÚN RESPIRA ENTRE LA PATRIA GRANDE

Era ya entrada la tarde. Ella cayó rendida en medio de la milpa… Se sentía agotada, el aire le faltaba… Por eternos segundos percibió cómo la muerte –vigilante– la rondaba. Se vio recorrida por una temible sombra que la fue cubriendo toda… Escuchó el ruido ensordecedor del miedo, ese ruido que silencia y paraliza. Pero aun así, tuvo fuerzas para preguntarse: ¿cómo?, ¿cómo era posible esto? ¿La muerte había llegado a visitarla? ¡A ella! ¿A ella que se dedicaba a ir tras la vida?

Apenas terminó de hacerse estas preguntas un temblor la estremeció… Y al mismo tiempo, le hizo traer a la memoria los recuerdos más profundos de su historia de lucha y resistencia. Vivencias que volvieron del pasado y que, una vez más, la conmovieron: Huelgas magisteriales exigiendo el derecho a la educación de sus alumnos y alumnas, manifestaciones de sindicatos por los derechos laborales, mujeres organizadas para ser reconocidas como ciudadanas, campesinado demandando su derecho a la tierra, juventudes ansiosas de democracia derrocando dictaduras, pueblos indígenas velando por el “Buen Vivir”… Recuerdos de esa Patria Grande convencida de realizar la utopía, creyente de hacer posible aquello que desde la perspectiva dominante se proclama como imposible.

¡No, no podía dejar que la muerte se apoderara de ella! ¡Menos, en estos momentos en que la necesitaban para seguir andando! La Patria Grande clama desde sus entrañas por ella -¡hoy más que nunca!- frente a los gobiernos autoritarios, la lógica del mercado voraz, la dictadura mediática, la criminalización de las protestas sociales, el grito de la Madre Tierra…

La noche llegó… y la lluvia también… Eran lágrimas de indignación. Parecía que la Patria Grande lloraba sólo de imaginarse que ella podría morir… Por minutos se desvanecía, pero como siempre, trataba de aferrarse a la vida. Fue una noche larga… Demasiado larga…

Al amanecer, casi desmayada entre el maíz, escuchó a lo lejos los cantos sonoros de los pájaros y el tímido sol la acarició con su calor, como en un intento de reconfortarla. Ella permanecía inmóvil y sin fuerzas… Mariposas revoloteaban a su alrededor como queriendo reanimarla…

De pronto, unas voces capturaron su atención… Eran mujeres jóvenes, hijas de la montaña, que estaban reunidas en el campo bajo la sombra de un gran árbol, conversando. Estaban tan cerca, realmente tan cerca, que hasta podía entender lo que decían:

- “¡Nos tenemos que organizar! No podemos permitir que borren lo que vivimos. ¡Sí hubo genocidio en Guatemala!”

- “Incluso la Comisión de Esclarecimiento Histórico concluyó que entre 1981 y 1983 agentes del Estado cometieron actos de genocidio”.

- “Sí, las nuevas generaciones no pueden olvidar, es necesario que en las escuelas se enseñe esto. Necesitan conocer las historias vividas…”

- “Es urgente que nos sumemos a la voces de la memoria para construir un país diferente”.
Poco a poco, lo que al principio ella escuchaba como susurros, se convertía en palabras fuertes llenas de futuro que le retumbaban en su interior como soplos de vida… Ella, quien siempre había nutrido a la Patria Grande, era ahora quien se veía alimentada por las personas que no permiten que la memoria sea arrebatada, por aquellas que se resisten al deseo de la amnesia de algunos grupos. Esta plática era evidencia de que el legado de ella estaba allí: vivo, palpable, presente…

Cada palabra penetró en lo más hondo de su ser. Así, ella, la Esperanza, se fue levantando fortalecida por las jóvenes. Al sentirla, la muerte huyó; esas voces hacían sucumbir a la inercia cómplice y a la conveniente indiferencia. Ella tomó aire... Sabía que este era su continente, el continente de la Esperanza… Estaba decidida a no dejarse morir, ¡y a seguir respirando entre la Patria Grande!

De Ana Lucía Ramazzini Amatitlán, Guatemala

LATINOAMARICA 2
LAS VÍRGENES FEAS

A la victoria del FMLN, en El Salvador

La Manuela había espachurrado ajo toda la mañana, así que de la cocina salía un olor envolvente que yo sabía le iba a durar en los dedos por lo menos tres días. La vi llenar un cuenco de ajos machacados, y luego otro y otro, y no me alarmaba mientras pensaba que era para la sopa. Pero cuando vi a la Manuela caminar al cantero y amasar el ajo con tierra húmeda en un cazo, le dije «ah, ahora sí que vos estas soreca, tata ¿vamos a comer suelo aliñado?». «No juegues», me dijo, «que ahorita cuando se nos acabe la poca tortilla que queda, voy a pensar en unos tamalitos de barro», y se rió. A mí siempre me gustaba aquella risa linda de la Manuela, como si no le tuviera miedo a nada en el mundo. «Ven», me llamó, «¿ves cómo espanta a los zompopos?». Yo no veía nada, pero ella decía que por tanto zompopero hacía tiempo que no teníamos flores. El ajo es bueno, dijo.

La miraba, día tras día, velar el cantero. Se acercaba con la puntita del cuchillo a ver si había brotado algún retoño, pero en vano. La tierra estaba muerta y los zompopos seguían su pachanga como si nada. Una mañana, antes de que saliera el sol, la Manuela me tiró de la cama. Andate, dijo, que vamos adonde la virgen, y le vi el rosario entre los dedos. Se puso una mantilla blanca y el único vestidito decente que usaba para ir a Coatepeque. Pensé que algo malo había pasado, pero no me atreví a preguntarle una palabra. Trataba, por mi parte, de descubrirle algún gesto revelador por entre los pliegues casi azulosos del tul.

De la iglesia siempre me sorprendía el contraste entre el bullicio de los vendedores de estampas o velas, y aquel silencio de espanto en la nave. Manuela caminaba con paso firme y de vez en cuando se persignaba frente a las imágenes. Me jalaba por el brazo y mi impulso la chocaba cuando se detenía en seco. «¡La cruz!», me susurró finalmente. Entonces empecé a imitarla y hacía como si me agachara frente a las santas. Llegó a un banquillo y yo me arrodillé junto a ella. La oía murmurando cerca de mí aquellos rezos que aún hoy me pregunto qué podrían haber dicho. «Cierra los ojos», me dijo primero, y luego «¡Vamos ya!». La seguí casi a las carreras. Traté de igualar mi paso corto a su estilo distinguido y su frente en alto, pero estaba aún demasiado expuesta a los asombros. «Flores, señoritas», insistió un hombre interrumpiendo el paso. «Ya tenemos, gracias», dijo Manuela, y solo entonces vi el ramo enorme de dalias que llevaba en la mano contraria.¿De dónde las había sacado? «Ma, seguro que es pecado robarle las flores a la virgen». Ella no contestó. Yo no sabía si poner cara pícara, como que habíamos hecho una travesura, o un gesto grave de consternación. Yo no quería que la virgen me castigara por la complicidad en el delito. Pero descubrí a unos cuilios cerca de la esquina y temí, porque la virgen estaba demasiado lejos para condenarme, y aquellos tenían unos cañonotes largos colgados al hombro. Yo miré a la Manuela, y la mirada pétrea, de una dureza impenetrable, avanzaba de prisa rasgando el aire. Los cuilios le silbaron y le dijeron groserías. No las entendía, pero había aprendido a distinguirlas por el tono. Era de las primeras enseñanzas que nos inculcaban a las nenas. Manuela siguió, y yo me puse muy nerviosa, pensé que nos iban a prender por robarle las flores a una santa. «Anda, deprisa», dijo Manuela y no paramos hasta la casa.

Entonces la vi desparramar el mazo en pequeños ramilletes. Allí, sobre los anaqueles del armario viejo, existía un altar que nunca había imaginado. Una veintena de estampas, amarillas ya, descansaban junto a vasijas con flores secas. Me acerqué, detallé los rostros del panteón de la Manuela. No eran ángeles nevados los que estaban ahí, mirando desde el cartón. No, como la Santa Rita, de nariz filosa y ojos azules, o la inmaculada Santa Liduvina, que yo había visto en una cartilla de Semana Santa, todas cheles y bellas y limpias, con los mantones brocados hasta el piso. En aquellas postales las vírgenes reían a veces, o miraban tristes así, a la nada. Una tocaba guitarra, y otra estaba vestida de militar, con botas de hombre y un fusil contra el piso. Eran indígenas, o gordas, o rugosas, como la tierra seca que no quería florecer.

La Manuela cambió con ternura el agua de los vasos, acomodó los nuevos ramilletes junto a sus santas, les conversó y lloró como niña junto a ellas. Tomó algunas estampas en sus manos y mencionaba nombres, como si hubieran sido sus hermanas, más que yo. Un día tras otro la vi traer flores. A veces lo hacía sin mí. Su altar se poblaba cada vez más con nuevas caras. En ocasiones eran casi cipotas. «No podemos sufrir más», la oí decir, y algo como «lucha» o «guerrita» o «guerrilla». Y era tanta la fuerza, o… no sé… la fe tan grande que depositaba en esas extrañas oraciones, de las que nunca había oído en misa, que estuve segura de que alguna vez, alguna de esas muchas santas manchadas, la iba a oír.

De Lidoly Chávez Guerra, La Habana, Cuba

LATINAOAMERICA 3
EL RECUERDO O LA ESPERANZA

Despertó asustada buscando, más que con sus manos, con su alma el cuerpo de Fernandito, le había costado dormirlo por la tos.

La puerta se había abierto con el viento, cómo le pegaba la soledad cuando se despertaba en la madrugada creyendo que había vuelto…

No pudo volver a conciliar el sueño, prendió una vela a la virgen de los ángeles y se sentó en la hamaca a meditar con profunda tristeza: la vida, más bien las circunstancias, le habían arrebatado la paz. Es que apenas habían pasado diez meses y no sabía si resignarse al recuerdo o mantener la esperanza.

Conoció a Ricardo siendo apenas una chiquilla, pero desde la primera vez que lo miró a los ojos se sintió mujer, fue en una fiesta patronal donde los presentaron, él era de aspecto maduro para su edad, moreno, de cejas pronunciadas y sus brazos dejaban notar el sin fin de laderas que había volcado con la pala, Dulce lo flechó con su sonrisa y con sus ojos que no necesitaban de palabras.

Maduraron las caricias y la moral se desbarató un día dejando a Dulce embarazada. Unos meses atrás la noticia hubiera sido una bomba pero, para asombro de ambos, nadie le prestó mayor importancia.
Por esos días habían llegado unos extranjeros gordinflones a negociar con la gente del pueblo, ofrecían cambiar fincas por casas y empleos en la ciudad, empleos de mierda, pero muchos se la creyeron, abandonando cultivos, trabajo digno y monte por un poco de suerte.

Ricardo le insistió a su padre que se quedaran, se enojaron, su madre tuvo que intervenir para que aquello no terminara en golpes, pero nada pudo hacer para que el cerrado de su esposo cayera en cuenta. La pareja de viejos se fue con un montón de familias que se creían pobres a convertirse en pobres de verdad.

El problema en el pueblo surgió meses después, cuando el monocultivo de los gordinflones empezó a afectar a los que se quedaron. Los comerciantes prefirieron los precios bajos de éstos, dejando al resto comiéndose sus papas o trabajando para los misters por salarios de limosna.

Ricardo empezó un alboroto, tomó primero la opinión del sacerdote, quien le aseguró que organizarse para defender a su gente no era ningún pecado. Se reunió con los vecinos dispuestos a reclamar. Poco duró la iniciativa, rapidito llegaron amenazas anónimas de acabar con quienes buscaran derechos. La mayoría dejó de asistir a los encuentros que se convirtieron en furtivos.

La mañana de la desaparición Dulce le besó la frente y mientras lo persignaba le dijo con ternura: “Ricardo, hoy cumple un año Fernandito, llegue temprano pa’ que comamos juntos”. Qué iba a saber él que no volvería, le asintió mientras le apretaba la sonrisa con un beso.

De Susana Benavides Alpízar, San Vicente, Costa Rica.

LATINAOAMERICA 4
BRILLANTE SILENCIO

Dos osos kodiak de Alaska formaban parte de un pequeño circo en que la pareja aparecía todas las noches en un desfile empujando un carro cubierto. A los dos les enseñaron a dar saltos mortales y volteretas, a sostenerse sobre sus cabezas y a danzar sobre sus patas traseras, garra con garra y al mismo compás. Bajo la luz de los focos, los osos bailarines, macho y hembra, fueron pronto los favoritos del público.

El circo se dirigió luego al sur, en una gira desde Canadá hasta California y, bajando por Méjico y atravesando Panamá, entraron en Sudamérica y recorrieron los Andes a lo largo de Chile, hasta alcanzar las islas más meridionales de la Tierra de Fuego. Allí, un jaguar se lanzó sobre el malabarista y, después, destrozó mortalmente al domador. Los conmocionados espectadores huyeron en desbandada, consternados y horrorizados. En medio de la confusión, los osos escaparon. Sin domador, vagaron a sus anchas, adentrándose en la soledad de los espesos bosques y entre los violentos vientos de las islas subantárticas. Totalmente apartados de la gente, en una remota isla deshabitada y en un clima que ellos encontraron ideal, los osos se aparearon, crecieron, se multiplicaron y, después de varias generaciones, poblaron toda la isla. Y aún más, pues los descendientes de los dos primeros osos se trasladaron a media docena de islas contiguas. Setenta años después, cuando finalmente los científicos los encontraron y los estudiaron con entusiasmo, descubrieron que todos ellos, unánimemente, realizaban espléndidos números circenses.

De noche, cuando el cielo brillaba y había luna llena, se juntaban para bailar. Formaban un círculo con los cachorros y otros osos jóvenes, y se reunían todos al abrigo del viento, en el centro de un brillante cráter circular dejado por un meteorito que había caído en un lecho de creta. Sus paredes cristalinas eran de creta blanca, su suelo plano brillaba, cubierto de gravilla blanca, y bien drenado y seco. Dentro de él no crecía vegetación. Cuando se elevaba la luna, su luz, reflejada en las paredes, llenaba el cráter con un torrente de luz lunar, dos veces más brillante en el suelo del cráter que en cualquier otro lugar próximo. Los científicos supusieron que, en principio, la luna llena recordó a los dos osos primigenios la luz de los focos del circo y, por tal razón, bailaban bajo ella. Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué música hacía que sus descendientes también bailaran?

Garra con garra, al mismo compás… ¿qué música oirían dentro de sus cabezas mientras bailaban bajo la luna llena en la aurora austral, mientras danzaban en brillante silencio?

De Spencer Holst, Estados Unidos.

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Fuentes: Antología de Cuentos Cortos Latinoamericanos, http://servicioskoinonia.org/cuentoscortos
“Brilliant Silence”, 1992, en Flash Fiction. Very Short Stories, ed. James Thomas, New York, Norton.

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