Antonio Di Benedetto, nombre indiscutible de la literatura latinoamericana

Cultura 14 de abril de 2018 Por
Antonio Di Benedetto, el primer escritor secuestrado por la dictadura militar argentina, nos legó su obra literaria permanentemente revisitada por autores contemporáneos que rescatan, sobre todo, su emblemática novela "Zama" fue llevada al cine.
DI BENEDETTO - HoraCero

Por María Luisa Miretti

Hoy recorreremos la literatura de Antonio Di Benedetto, quien fue un periodista y escritor mendocino, exaltado por Juan José Saer, traído nuevamente al ruedo por "Zama", la película de Lucrecia Martel. Un escritor de relevancia dentro en la literatura argentina.

Comenzó a estudiar Derecho pero luego se dedicó al periodismo, llegando a ser subdirector del diario Los Andes. Gran lector de Dostoievski y Pirandello empezó a escribir en su adolescencia, destacándose por su estilo conciso, por su fantasía ilimitada y una poética especial (Aballay, El silenciero).

En 1953 publicó el volumen de cuentos Mundo animal. Más tarde cinco novelas, la más famosa Zama (1956) considerada su obra maestra. Luego publicó El silenciero (1964) —premiada por la subsecretaría de Cultura y en 1965— Los suicidas (1969), una especie de crónica melodiosa y melancólica. Estas tres conforman un compendio extraordinario en nuestra literatura, que recomiendo sin dudarlo (las tres definen de alguna manera el perfil dibenedettiano).

Durante la última dictadura cívico-militar fue perseguido, y apresado​ el 24 de marzo de 1976 en su despacho del diario Los Andes, encarcelado y torturado

"Creo nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho por qué exactamente; pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas".

Sufrió cuatro simulacros de fusilamiento y numerosas golpizas. Fue excarcelado más de un año después, a pedido del mundo intelectual encabezado por Ernesto Sábato, el Premio Nobel de Literatura Henrich Böll, entre otros, el 4 de septiembre de 1977, anímicamente destrozado ya nunca más pudo volver a escribir, pues lo que hizo no se puede comparar con lo anterior.

ZAMA - HoraCero
Les ofrezco algunos microrrelatos de su autoría:

Delito

Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.-

Rincones

Creo que era amor y, sin embargo, no perseveramos.

A los diez años de ese encuentro/desencuentro, me di de frente con ella al entrar a una oficina.

Hablamos. Yo me había casado, ella no, pero no insinuó que me culpara de su soltería.

Quiso defenderse de lo que ya había pasado, y dejó caer un cargo trivial:

—No te entendía, Pedro. Tu carácter tan complejo...

Dejó colgado el reproche caduco y se recompuso para confesar su propia debilidad:

—Bueno, si yo tampoco entiendo las cuestiones más simples.

Opiné que ella perseveraba en dañarse con su excesiva modestia. Lo aceptó, a su manera:

—No sé... Soy así. Siempre me encontrarás en los rincones...

Enseguida, esa mañana, nos dejamos ir.

Después, al descender de un autobús, otro autobús tronchó su cuerpo.

Lo supe por un diario de la tarde. Acudí con el pequeño cortejo de sorprendidos y dolientes que ella podía concitar.

Alguien había ejercido la piedad de componer, aunque toscamente, su faz muy malherida. Pero nadie tuvo la compasión de cubrir el óvalo de vidrio del ataúd, para que no nos detuviéramos ante el rostro mancillado.

Ya no era ella.

Ahora me deslizo por los rincones. Los rincones que poseen las casas que construyen los hombres y los rincones que tienen los espacios abiertos: calles, plazas, alamedas. La busco.

VOLVER

Le explico a Horacio:

-Hoy he recibido la invitación para el acto de Manuel que se hizo el lunes.

Horacio comenta:

-Lindo tema para un cuento fantástico.

No me dice cómo, queda a mi cargo.

Decido volver al lunes, pero el acto se ha suspendido. Tengo que volver al jueves, el día que hablé con Horacio.

Pero al regresar ya no es jueves, sino viernes. Entretanto el jueves ha ocurrido que…

Reflexiono que de otra manera ya me ocurrió. Yo tenía que buscar, hacia atrás, a una mujer. Y ella tenía que buscarme a mí. Retrocedimos, pero cada uno por su propia inspiración y sin ponernos de acuerdo previamente.

Y este excelente relato, en el que se puede observar el esplendor de su poética (Cuentos completos, BA, Alfaguara)

MARIPOSAS DE KOCH

Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis.

Yo veía a mi burro mascar margaritas y se me antojaba que esa placidez de vida, esa serenidad de espíritu que le rebasaba los ojos era obra de las cándidas flores. Un día quise comer, como él, una margarita. Tendí la mano y en ese momento se posó en la flor una mariposa tan blanca como ella. Me dije: ¿por qué no también?, y la llevé a los labios. Es preferible, puedo decirlo, verlas en el aire. Tienen un sabor que es tanto de aceite como de yerbas rumiadas. Tal, por lo menos, era el gusto de esa mariposa.

La segunda me dejó sólo un cosquilleo insípido en la garganta, pues se introdujo ella misma, en un vuelo, presumí yo, suicida, en pos de los restos de la amada, la deglutida por mí. La tercera, como la segunda (el segundo, debiera decir, creo yo), aprovechó mi boca abierta, no ya por el sueño de la siesta sobre el pasto, sino por mi modo un tanto estúpido de contemplar el trabajo de las hormigas, las cuales, por fortuna, no vuelan, y las que lo hacen no vuelan alto.

La tercera, estoy persuadido, ha de haber llevado también propósitos suicidas, como es propio del carácter romántico suponible en una mariposa. Puede calcularse su amor por el segundo y asimismo pueden imaginarse sus poderes de seducción, capaces, como lo fueron, de poner olvido respecto de la primera, la única, debo aclarar, sumergida --muerta, además-- por mi culpa directa. Puede aceptarse, igualmente, que la intimidad forzosa en mi interior ha de haber facilitado los propósitos de la segunda de mis habitantes.

No puedo comprender, en cambio, por qué la pareja, tan nueva y tan dispuesta a las locas acciones, como bien lo había probado, decidió permanecer adentro, sin que yo le estorbase la salida, con mi boca abierta, a veces involuntariamente, otras en forma deliberada. Pero, en desmedro del estómago pobre y desabrido que me dio la naturaleza, he de declarar que no quisieron vivir en él mucho tiempo. Se trasladaron al corazón, más reducido, quizás, pero con las comodidades de un hogar moderno, por lo que está dividido en cuatro departamentos o habitaciones, si así se prefiere nombrarlos. Esto, desde luego, allanó inconvenientes cuando el matrimonio comenzó a rodearse de párvulos. Allí han vivido, sin que en su condición de inquilinos gratuitos puedan quejarse del dueño de casa, pues de hacerlo pecarían malamente de ingratitud.

Allí estuvieron ellas hasta que las hijas crecieron y, como vosotros comprenderéis, desearon, con su inexperiencia, que hasta a las mariposas pone alas, volar más allá. Más allá era fuera de mi corazón y de mi cuerpo.

Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros, equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Si, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la obscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas.

Finalmente sugiero la lectura de sus tres obras clave (Zama, El silenciero, Los suicidas), en las que se puede observar la descripción (desnudez) del hombre en toda su magnitud.